Ole Benalmádena

‘Al final no voy a cenar’, el teatro como herramienta de reflexión y transformación social

Decía Arthur Miller que el teatro es el único arte donde la humanidad se enfrenta a sí misma. Si te apetece vivir una experiencia cultural que no te dejará indiferente, este fin de semana tienes una cita en la sala Joaquín Eléjar de Málaga. Y es que, la Compañía LaZeta Teatro/Boston producciones trae a una propuesta tan entretenida como intrigante. Te aseguro que saldrás del teatro llorando de risa, pero, como se suele decir, con un nudo en el estómago…

La premisa de la que parte la obra es la de un secuestro, en el que la víctima tan solo tiene una oportunidad de escapar, y es que alguien llame a su secuestrador por teléfono y pronuncie las palabras “Al final no voy a cenar”.

Daniel Rimón y Edgar Costas (que también dirige) interpretan a un sicario bonachón y a un secuestrado millenial, que intenta averiguar a lo largo de la hora que dura la obra, cómo ha acabado metido en esta desconcertante situación.

Hablamos con su creador, Carlos Zamarriego, quien atesora una decena de obras teatrales estrenadas. Nos confiesa que “cree en la fuerza de la palabra y confía en la inteligencia de los espectadores”.

Zamarriego, afincado en Benalmádena, entiende que “la escritura, como la vida, consiste en separar silencios”. Y así fue como se embarcó en escribir y dirigir teatro, para, según comenta, “provocar silencios que, de vez en cuando, nos hagan sentir que estamos vivos”.

Este fin de semana, aunque no vayas a cenar tienes que ir a ver esta excelente comedia negra y experimentar por qué el teatro nos hace más humanos.

-Estrenas en Málaga Al final no voy a cenar, ¿cómo se logra que al espectador afronte el drama, la desesperación, sin poder reprimir la carcajada?

-Se consigue hablando de los temas más existenciales combinándolos con el día al día. Al final temas, como ejemplo la muerte, no dejan de estar presentes en lo cotidiano. La gente se ríe porque lo ve lejano, pero también reflexiona.

-Sin hacer mucho spoiler, ¿nos puedes adelantar algo de la trama?

-En Al final no voy a cenar un personaje secuestra a otro, y éste se pasa toda la obra preguntándose por qué le han secuestrado… al final, hablando con el secuestrador descubre que hay algo más importante que saber el motivo de su secuestro. Es una obra en tiempo real porque esos sesenta minutos que dura la obra son los que tiene el secuestrado para que alguien llame por teléfono, diga “al final no voy a cenar” y salvarse.

-La interpretación de los actores ha sido muy alabada por la critica… He leído a quien asegura que hablan hasta en los silencios, por cierto tan bien utilizados en todas tus obras…

-A mí, aunque suene algo paradogico, me gusta usar el silencio para decir cosas. En el teatro como en la vida real pasa eso mismo, cuando alguien se calla, dice más que cuando habla. En el caso de esta obra, que la dirige Edgar Costas, quien también interpreta a uno de los personajes, sabía que a él también le gusta poner encima de la mesa ese lenguaje no verbal, ese subtexto…

-Haces un teatro que puedes llevar a todos lados…

-Siempre digo que mi objetivo es hacer de cualquier sitio un teatro, no hacer teatro en cualquier sitio. Cuando pienso en una obra siempre tengo en cuenta que la escenografía o personajes no sean un obstáculo para que cale la historia y acción en el público.

Creo que suma más la imaginación que los recursos que uno tenga. Además, con esta obra queremos girar mucho y es importante que se pueda poner en escena en cualquier sitio…

La obra es un homenaje a Esperando a Godot… pero en Al final no voy a cenar los diálogos son más duros, más realistas, más sucios…

-Carlos, en todas tus obras hay unos elementos comunes, un trasfondo humano, cercano.. Son como un espejo en el que resulta fácil reconocerse hoy en día…

-Sí, hay un hilo conductor que creo que la gente identifica muy bien porque es esa violencia cotidiana. Nunca entro en conflictos muy grandes ni temáticas históricas, sino en cosas que nos pueden pasar a todos un día cualquiera. En estos años en los que se habla mucho de la salud mental nos hemos dado cuenta de que existen microviolencias mucho más duras que lo que pensamos que es violencia tradicional y que estamos soportando constantemente.

Todas mis obras son muy cercanas en ese aspecto. Reflejan lo que le pasa a nuestra generación ahora, son muy actuales. No sé si envejecerán muy bien o no, tengo esa duda… espero que algunas no, pues por ejemplo, en Inestables, donde hablo del techo de cristal en las mujeres, espero que esté superadísimo en breve y quede como pieza de coleccionista.

En mis obras busco el elemento humano en situaciones cotidianas y por eso creo que mucha gente se siente identificada. Lo mejor es que al final de la obra, siempre hay alguien que se te acerca y te cuenta que ha pasado por una situación similiar… eso es muy gratificante porque al final el teatro es unir a todos en una experiencia común.

-¿Siempre obligas al espectador a mojarse?

-Siempre lo intento, incluso hasta que participe. Tengo alguna en la que el final lo eligen los espectadores. Te tienes que mojar porque lo que está pasando te obliga a adoptar una postura al respecto. Lo que yo no hago nunca es decir cual es la mía.

La moralina no me gusta, prefiero comprender todos los aspectos de la realidad sean más o menos duros… Por ejemplo, en Inestables pasa algo similar que con Al final no voy cenar que se estrena este fin de semana en Málaga. Cuando hablábamos del techo de cristal, había tres clases de público: el público hombre que decía “pues esto ya no pasa”; una parte del femenino, que se reía porque era su forma de normalizar y otra parte del publico femenino más mayor que solo con la mirada te transmitía “esto lo he sufrido yo”. A veces sales del teatro enfadado con la obra… y eso también es una manera de llegar al público, de hacerle reflexionar…

-Incluso como autor de teatro tienes ese alma de servicio público, esa deontología que nos enseñaron cuando estudiamos periodismo… No buscas un espectador escapista, anestesiado…

-Siempre busco un espectador activo, participativo… en el periodismo, como bien sabes, es difícil ejercer con libertad… en el teatro puedo contar lo que siento que es la realidad… después, obviamente puedo conectar más o menos con el público e incluso estar confundido, pero sí que es verdad que todas mis obras de teatro tienen una radiografía de realidad que está muy conectada con el periodismo.

Una vez me preguntaron por qué había dejado el periodismo por el teatro y contesté que porque me metí en el periodismo para reflejar la realidad y me di cuenta que lo hacía mejor desde el teatro… en el periodismo a veces estás muy limitado y con el teatro no tengo esas ataduras.

-Una de tus obras que más me ha llamado la atención es La Mano

-En La mano de nuevo hablo de la violencia que la sociedad impone cuando te está precarizando continuamente tu vida, en en sentido de que te impide acceder a una vivienda o crear una familia. El protagonista, que no consigue realizarse, se encuentra con una persona que le propone alquilar su mano por mucho dinero. Se da cuenta de como a medida que crece con ese dinero, deja de ser una persona y tiene que vender cada vez más de si mismo…

En todas mis obras reflejo cómo estamos parcelando nuestra vida, nuestra libertad, toma de decisiones o nuestra felicidad, pensando que no es tan importante lo que damos o regalamos y la realidad es que nos afecta más de lo que pensamos… ¿Sabes una cosa? (sonríe) Me encantaría traer La Mano a Benalmádena.

-El teatro también se lee…

-Tengo tres libros de teatro publicados. En Trilogía de la Memoria hay tres obras largas: Anoche soñé que me soñabas, Mantequilla y Me volví para mirarla. Son obras que tienen que ver con la memoria, con el recuerdo. También he publicado Teatro Encogido con una colección de 16 micro obras teatrales, La Mano y un monólogo que me publicó la Agencia de Instituciones Culturales de la Junta, porque a pesar de haber nacido en Madrid estoy considerado como autor andaluz. Siempre me he sentido muy defensor de Málaga. ¡Ah! Y también me publicaron 23 movimientos, con la que gané un premio y que se estrenó en Madrid y Miami.

-Hay quien piensa que la literatura dramática es como una representación imaginaria en la que el lector se convierte en director

-La literatura dramática es un género super importante. Incluso más que la novela, que nació después… ¡Mira a Cervantes, que quería ser escritor de teatro como Lope! La literatura dramática te obliga a imaginar espacialmente, la novela también, pero en la dramática tienes unas indicaciones a seguir. Creo que se debería enseñar a leer literatura dramática… Aunque la realidad actual es que poco a poco va creciendo, cada vez los autores publicamos más, hay distintos eventos en torno a ella… Una de las cosas que me encantaría es que en la Biblioteca de Arroyo de la Miel hubiera un club de lectura de literatura dramática.


AL FINAL NO VOY A CENAR

Sábado 28 y domingo 29 de enero en sala Joaquín Eléjar de Málaga

Compañía LaZeta teatro/Boston producciones

Un hombre, llámale X, se encuentra secuestrado por otro, llámale Y.  Su única opción de salir de allí es que alguien llame por teléfono y diga “Al final no voy a cenar”. Mientras tanto, intenta averiguar por qué ha acabado en esa situación.

Ficha artística:

  • Daniel Rimón: es X
  • Edgar Costas: es Y
  • Dirección: Edgar Costas
  • Autor: Carlos Zamarriego

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