Benalmádena lleva demasiado tiempo soportando las consecuencias de unas infraestructuras de movilidad claramente insuficientes, que limitan su desarrollo, perjudican a su ciudadanía y debilitan su imagen como destino turístico de primer nivel. Esta situación no puede prolongarse por más tiempo. Es inaceptable que uno de los municipios más poblados —y con mayor proyección— de la Costa del Sol disponga de un único acceso a la autovía A-7, cuando esta vía cuenta con 84 salidas en los 164 km que atraviesan los 15 municipios costeros de la provincia de Málaga.
También es injustificable que, con su densidad demográfica y urbanismo disperso, Benalmádena cuente únicamente con dos estaciones de tren de Cercanías, frente a las cinco de Torremolinos o las cuatro de Fuengirola.
Además, Benalmádena es el único municipio que dispone de un solo paso peatonal entre sus núcleos urbanos, divididos por la A-7. Un paso cuya rehabilitación ha sido anunciada reiteradamente sin que, a día de hoy, se haya ejecutado. Esta situación, lejos de ser anecdótica, representa un símbolo del abandono institucional.
La escasa conectividad obliga a miles de vecinos a depender del coche privado, alimentando un círculo vicioso de tráfico, contaminación y malestar. Se habla de descarbonización y de transición ecológica, pero en la práctica, las medidas se limitan a anunciar una Zona de Bajas Emisiones y contratar a diez agentes para recaudar más dinero mediante sanciones, como si eso resolviera el problema estructural de la movilidad.
No es momento de lamentos ni de reproches vacíos. La prioridad debe ser clara: actuar con determinación. El verdadero obstáculo no es económico ni técnico, sino político: falta voluntad y falta consenso.
Los grupos municipales llevan años bloqueando cualquier avance, atrapados en debates sin solución sobre qué infraestructura acometer primero o dónde ubicarla. Mientras tanto, los problemas se enquistan y la ciudadanía sufre las consecuencias. La ausencia de los párquines prometidos durante décadas es una prueba evidente de esta parálisis.
Todos los defienden en campaña; ninguno los construye en el mandato. La política no puede seguir funcionando con esa lógica de cálculo y desgaste. Cuando hay voluntad política, se avanza. El sátrapa de Pedro Sánchez lo ha demostrado sobradamente: quien quiere, encuentra la forma; quien no, encuentra la excusa.
Ha llegado el momento de actuar con responsabilidad, visión de futuro y compromiso con la ciudadanía. No se trata de que todos piensen igual, sino de remar en la misma dirección para conseguir el respaldo de las administraciones supramunicipales.
Como advirtió John F. Kennedy: «La conformidad es el carcelero de la libertad y el enemigo del crecimiento». Benalmádena no puede seguir instalada en la resignación. La movilidad no es un privilegio, es un derecho básico. Y el consenso político en esta cuestión no es una opción: es una exigencia democrática.
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