Ole Benalmádena

8F: Cuando el crucero Baleares bombardeó la ‘Desbandá’ y cómo lo recuerda una de las últimas supervivientes

Un 8 de febrero de 1937 se producía el primer bombardeo del crucero Baleares a la Debandá que huía de Málaga. José Manuel Portero rescata el parte de campaña del comandante Manuel de Vierna, que despeja cualquier duda sobre si hubo o no intencionalidad. También entrevista a María Hidalgo, una de las últimas supervivientes de esta masacre que acabó con miles de vidas

La Desbandá es uno de esos episodios bélicos en los que, pese a la magnitud de su tragedia, quedaron relegados en el limbo interesado de la desmemoria. Los vencedores, que son los que escriben la Historia, no quisieron plasmarlo en sus libros de texto, ni siquiera airearlo en los corrillos cuarteleros de la época, tal vez por algún extraño sentimiento de vergüenza. Y en cuanto a las víctimas, aquellas que lograron sobrevivir y con tremendo esfuerzo, pese a la represión, rehacer sus vidas, aún llevaban el miedo en el cuerpo como para no levantar ni la voz ni la mirada, como si cargaran, sin culpa alguna, con un estigma vergonzante.

María Hidalgo es una de las escasas supervivientes que quedan de aquellos fatídicos días del mes de febrero de 1937 y en sus ojos aparece, aún hoy, el brillo del miedo al recordar sus vivencias de niña.

Hasta hace poco más de una década, apenas se supo de la barbarie que significó el bombardeo por tierra, mar y aire a decenas de miles de ciudadanos civiles, adultos, ancianos, mujeres, hombres y niños, que huían del pavor que les inspiraban las soflamas radiofónicas de un sádico que les amenazaba con violaciones y fusilamientos cuando llegaran a Málaga las tropas sublevadas, y de la muerte, vestida en forma de bombas, de la aviación nazi de Hitler, de la metralla de los «camisas negras» de Mussolini y de los cañonazos provenientes de los barcos de Franco, uno de ellos, el crucero Baleares, ese que el ayuntamiento de Madrid se empecina en que forme parte de su callejero municipal, obviando las muertes y sufrimientos que el navío infligió a miles de malagueños. Todos los episodios bélicos realizados intencionadamente contra indefensas poblaciones civiles son deplorables. Pero, en el caso de La desbandá, cuyo número estimado de víctimas oscila entre las 3.000 y 5.000, resulta inevitable la comparación con el más que conocido bombardeo del pueblo de Guernica, con unas cifras que, en el peor de los casos, no llegaba a los 500 fallecidos.

Cuando María Hidalgo revive la angustia de aquellos largos días con sus eternas noches, su cuerpo se estremece y en su mirada aparece el brillo húmedo del miedo.

María es una mujer de ojos oscuros, casi negros, cejas finas, con una sonrisa luminosa en una boca amplia, delimitada por unos labios pintados en un vivo carmín. Es delgada y muestra una elegancia natural que salta a la vista. A la entrevista, concertada hace unos días, llega vestida con pantalones negros y un jersey de punto de color mostaza. Calza unas manoletinas, también negras, sin tacón. Va adornada con unos pendientes de perlas de color gris pálido, y al cuello, un par de collares de cuentas menudas, finas y juveniles.

María Hidalgo, superviviente de la ‘Desbandá’.

Cuando se escriben estas líneas, nos encontramos en enero de 2023 y María Hidalgo está a punto de cumplir 92 años. En un espléndido día de sol, aunque tibio, cuesta trabajo echar la vista atrás e imaginarla hace ochenta y seis años.

-En aquel febrero de 1937 era una niña de solo cinco añitos, a punto de cumplir los seis, y se disponía a realizar, junto a su familia, una larga caminata que les marcaría la vida. Doscientos kilómetros en condiciones durísimas, perseguidos y bombardeados por tierra, mar y aire.

-Partimos de noche o de madrugada, no sabría decir a qué hora del 7 de febrero. Nosotros salimos con lo puesto, aunque ese día y los siguientes vimos gentes que llevaban bestias que cargaban en los serones distintos enseres. También, personas mayores o niños subidos en ellas. Pero nosotros salimos con la ropa de todos los días y, como hacía frío, mi padre me dio una manta para liármela por el cuerpo. La conservé todo el tiempo que duró aquello. Yo, que iba de la mano de mi padre, estuve quejándome toda la noche, recriminándole que me hubiera levantado de la cama de madrugada, porque me caía de sueño, a la vez que, con miedo, le preguntaba que a dónde íbamos. Estaba muy asustada.

-¿Por qué huyeron? ¿Tenía su padre algún delito de sangre? ¿Temían a la Justicia?

-¡Qué íbamos a temer a la Justicia! Mi padre era un honrado trabajador ferroviario que no tenía nada que temer. ¿Y mi madre…? Una simple ama de casa que bastante tenía con cuidar de la familia, y que también cosía un poco por encargos, para ayudar. No, señor. A quienes temíamos eran a los «nacionales» que llegaban con los moros. Estábamos hartos de escuchar que cuando llegaran los moros, a las mujeres las iban a violar.

-En sus diarias peroratas nocturnas en Radio Sevilla, el general Queipo de Llano, Jefe del Ejército del Sur, anunciaba: «Nuestros valientes legionarios y regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombres de verdad. Y, a la vez, a sus mujeres. Esto es totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos, sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen. (…) Me sentaré a tomar un café en la calle Larios y por cada sorbo que tome, caerán diez de vosotros».

-La gente tenía mucho miedo -sigue contando María, con voz trémula-, y el miedo, como que se contagia, ¿sabe usted? Mi madre era una mujer joven y muy guapa, y claro, tenía miedo de lo que le pudiera pasar. Nosotros vivíamos en una casa próxima a donde se encuentra la estación de autobuses. Así que hicimos como los demás vecinos, igual que toda Málaga. Mi padre nos llevaba a mí de una mano y sobre sus hombros, a Loli, mi hermanita de dos años. Mi madre llevaba de la mano a mi otra hermana, de cuatro años y, además, pendientes de mis abuelos, que también nos acompañaban. A nosotros se unió, junto a su familia, una tía, hermana de mi padre.

-¿Recuerda los bombardeos?

-¡Que si los recuerdo…! ¡Cómo no los voy a recordar! ¡Eso no se puede olvidar nunca! ¡Eran terribles! Nadie que haya sufrido una experiencia así se le puede olvidar mientras viva. ¡Boom… boom…, boom…! -se lleva las manos a la cabeza-. Los cañonazos se veían salir de los barcos, que estaban muy cerca, hasta llegar a nosotros, como si fueran relámpagos. ¡Era para volverse locos…! Aún hoy, después de tantos años, cuando escucho un ruido me sobresalto, creo yo que como consecuencia de los bombardeos.

El crucero Baleares y sus tiros “eficaces”

Los escasos cronistas del Régimen que han tratado este dramático y vergonzante episodio de la denominada Cruzada, han venido a decir que las víctimas de la población civil -prácticamente, la totalidad de la Desbandá-, ocasionadas por los bombardeos, no fueron intencionados, sino que fueron «daños colaterales», imprevisibles.

Nada más lejos de la realidad, como lo prueba el «Parte de Campaña» del crucero Baleares, uno de los navíos que se destacó por su hostigamiento sanguinario y cruel a los fugitivos. Su comandante, escribe: «Día 8 de febrero de 1937. A las 7:00 horas se maniobró para batir los objetivos de la costa de Torrox. Se barajó la costa a una distancia de 600 metros a 1.800 metros entre Torrox y Motril. (…) Se dispararon 208 proyectiles del 10, sobre camiones, coches ligeros, concentraciones de milicianos, cañadas de la carretera, derribándose un árbol y rompiendo la línea telefónica en varios lugares. Pudieron comprobarse los efectos eficaces de nuestro tiro, paralizando, no solamente el tráfico de vehículos, sino el de peatones». Está firmado por Manuel de Vierna, comandante del Baleares.

Es conveniente recordar que el crucero Baleares tenía un alcance de tiro que llegaba a los 20 kilómetros. Aquí bombardeaba a una masa de población civil a la que puede percibir con todo detalle, a solo una distancia de 600 a 1.800 metros. Casi a tiro de fusil. Sin duda, tan «valiente y heroica» hazaña bélica es merecedora de que el nombre del navío sea honrado, figurando en el nomenclátor callejero de alguna ciudad del solar patrio, por ejemplo, la capital del Estado. Además, hay que resaltar que el general Queipo de Llano, Jefe del Ejército del Sur, navegaba a escasas millas del Baleares, comandando desde el Canarias, junto al almirante Moreno, las operaciones contra la indefensa población civil que huía.

María Hidalgo, recuerda aquel momento:

“Las criaturas salíamos huyendo despavoridas para refugiarnos donde podíamos, en las cunetas, en los cañaverales o en cualquier sitio. Yo no hacía más que llorar, por el miedo que tenía y porque me horrorizaba que al correr pudiera pisar a los muertos o heridos en la carretera, o a las bestias reventadas y con las vísceras desparramadas. -Se le ponen los ojos brillosos y la voz entrecortada. Cuando se rehace, continúa-: Me emociono porque pienso en lo que sufrirían mis pobres padres viendo a sus niñas llorar y padecer todo aquello y durante tantos días… Me emociono por ellos, por lo que sufrirían, no por lo que padecimos nosotros, después de todo -repite y da un profundo suspiro-. Mi madre murió muy joven, a los 57 años, y fue a consecuencia de todo lo que sufrió”.

-¿De qué se alimentaban, qué comían?

-Lo que pillábamos. Siempre teníamos mucha hambre, ya se puede imaginar. ¡Si es que apenas probábamos bocado! Por suerte, los cañaverales de azúcar al lado de la carretera, paliaban un poco las ganas de comer. Un día, para alejarnos de la carretera y evitar los bombardeos, nos internamos por un campo. Llegamos a una casa de labranza; preguntamos si nos podían ayudar. Nos dieron unas mantas para pasar la noche en el establo, que estaba algo alejado de la casa. Cuando nos levantamos a la mañana siguiente y fuimos a darles las gracias y despedirnos, la vivienda estaba ardiendo pero no encontramos a nadie dentro. No supimos qué pudo ocurrir. Lo peor es que cuando nos bombardeaban los aviones o los barcos era muy fácil perderse, como nos pasó a nosotros. Salíamos huyendo en todas direcciones, entre el tronar de las bombas, los lamentos de los heridos, de los padres llamando a sus hijos, de estos clamando por sus padres y las pobres bestias quejándose moribundas. ¡Era de locos! ¡Es que era horrible! -lanza un suspiro y continúa-: En una de esas ocasiones, también nosotros nos perdimos sin reencontrarnos hasta que terminó la guerra.

-¿Quiere decir que estuvieron casi tres años sin volver a verse? ¿Dónde fue ese bombardeo?

-No sé decirle en qué punto de la carretera. Solo recuerdo que cuando dejaron de caer bombas, la gente fue apareciendo otra vez, saliendo de los campos, de las alcantarillas, o donde habían podido esconderse. Así, nos reunimos mi padre, mi hermana Loli y yo. El resto de la familia había desaparecido. Llamamos a gritos a mi madre, a mi hermana Ani, a los abuelos, pero nada. Estuvimos un día sentados en la cuneta, llorando por ellos y por ver si llegaban. ¡Ya se puede usted imaginar qué pena teníamos! Pensábamos de todo, claro, y que habían muerto… Y lo que no sabíamos es que mi madre, junto a mi otra hermana y los abuelos, desorientados por el bombardeo, habían huido en sentido opuesto, hacia Málaga y también estuvieron esperando por ver si nosotros aparecíamos. Terminaron yéndose para Málaga porque alguien les indicó que nosotros habíamos muerto. Consiguieron llegar a nuestra casa. Y siguieron sin saber nada de nosotros, ni nosotros de ellos, hasta que acabó la guerra —hace un silencio. Después, continúa—: Además del hambre, lo peor de todo eran los piojos. ¡Estábamos llenos de esos bichos, las ropas, las mantas, el pelo…! ¡Por todos lados había piojos!

-¿Entonces, consiguió llegar usted con su padre a Almería?

-Nos quedamos un poco antes de Almería, en un barrio que se llamaba algo así como Canela. Pero no sé decirle cuánto tardamos. En Almería sí estuvimos, como le he dicho, hasta que terminó la guerra y volvimos para Málaga. ¡Ya puede usted imaginar qué alegría pasamos cuando nos reencontramos en nuestra casa, creyéndonos muertos unos y otros!

-Y volver a empezar en Málaga…

-Así es. Yo tenía entonces para nueve años y, claro, seguía siendo una niña. Nunca tuve ni juguetes ni muñecas, como ahora tiene cualquier cría de esa edad. En Málaga fui por primera vez al colegio, uno que había cerca de la estación, en el barrio en el que vivíamos. Todavía existe ese colegio de monjas -añade con gesto irónico-. En el colegio había clases para pobres y para ricos, según los padres pudieran pagar o no. A las alumnas de las «clases de ricos» que se portaban mal, las castigaban a pasar un rato en el de las de «pobres». Dedicábamos la mayor parte del tiempo a rezar. Rezábamos a coro, todas las niñas a la vez. Ese año me prepararon para la primera comunión. Un día, el cura me preguntó si en Almería yo había pecado, si había cometido actos impuros con los niños, a qué había «jugado» con ellos… ¡Imagine qué mentalidad! ¡Yo no tenía ni idea de a qué se refería!

-¿Tomaron alguna represalia contra su padre?

-Bueno… -sonríe-. Continuó como ferroviario, pero lo desplazaron a la estación de Bobadilla, así que volvía a casa cuando podía o le dejaban, que eran pocas veces al mes. Fíjese si mis padres eran buenos, que a pesar de todas las penurias y hambre que pasábamos, mi madre reservaba algo de comida y la llevaba a unos presos amigos de mi padre, para que comieran un poco mejor. ¡La pobre…! -suspira, mira su reloj y dice-: ¡Anda, la una! Me disculpa, pero tengo que marchar. He pedido hora en la peluquería.

Me ofrezco a acompañarla. Acepta y, a la vez que vamos caminando, comenta:

-Así, con lo delgada que me ve, soy una mujer muy fuerte. A mí, la guerra y todo lo que pasé en ella, me fortalecieron el cuerpo y el carácter. Me casé y formé una buena familia y, pese a las penurias de aquellos tiempos, fui muy feliz con mi marido y mis hijos. Aproveché unas clases de adultos para aprender y sacarme el título de graduado, he cantado en un coro, he hecho teatro, como aficionada, claro… ¿Le suena eso de «Mamá, quiero ser artista»? -canturrea un poco y ríe, desenfadada-. En fin, me encanta leer y formo parte de un club de lectura de la biblioteca municipal.

Llegamos a la puerta de la peluquería.

-María, ¿guarda usted rencor por todo lo que le hicieron pasar de niña, hace ahora justamente ochenta y seis años?

Parece sorprendida por la pregunta. Suspira, entorna los párpados y cuando los abre sonríe con dulzura. Me mira a los ojos y dice:

-No. Rencor, de ningún tipo. Pero, desde luego, olvidar no puedo.


José Manuel Portero es escritor, autor del ensayo histórico Nazis en la Costa del Sol (Almuzara), además de otras obras de narrativa de ficción.

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