Ole Benalmádena

El porqué de las cabezas cortadas

En los encuentros y charlas con los lectores, suele ser frecuente que pregunten al autor por la génesis de creación de alguna de sus obras, proceso que se puede producir de la forma menos previsible. Para los curiosos del tema, traigo a colación este ejemplo, que me atañe directamente.

Hace algunos años en una de las rotondas de la vía que une Arroyo de la Miel con Benalmádena-Pueblo, colocó el Ayuntamiento de esta población unas esculturas en bronce de gran tamaño. Representaban tres cabezas huecas que nos sugerían imágenes de la cultura clásica griega.

La idea y el lugar no dejaban de ser atractivos, pero el fuerte impacto visual que producían en los pacíficos conductores la visión de unas cabezas arrancadas -hubo alguna que otra colisión, aunque sin mayor importancia-, movió a la autoridad municipal a cambiar la ubicación de las mismas y llevarlas al parque de La Paloma, donde reposan en la actualidad. En conversación con el autor de la obra, el afamado escultor malagueño José Seguirí, me confesó que la idea original fue colocar su obra en el muelle de poniente de Puerto Marina, como si acabarán de ser rescatadas del fondo marino. Por cierto, el nombre del grupo escultórico con que las bautizó es muy poético: El espacio es una metáfora del tiempo.

La cuestión seguramente hubiera quedado ahí, una idea perdida, como tantas otras, en el limbo de las anotaciones que como escritor hago en mi libretita de «ideas futuras para una nueva obra», de no ser porque meses después cayó en mis manos un viejo libro sobre poesía medieval española: árabe, cristiana y judía. Ojeándolo, me detengo en una de sus páginas dedicada al poeta Al-Mutádid, Resulta que el tal Al-Mutádid, que fue rey del reino taifa de Sevilla, además de poeta, tras cada batalla tenía la cruel costumbre de decapitar las cabezas de sus enemigos, engarzarlas en lanzas que portaban los soldados y pasearlas por los pueblos, de vuelta a su palacio. En uno de los jardines de la alcazaba plantaba los macabros trofeos, a los que dedicaba sus mejores versos: «…Es un jardín que ofrece las cabezas como frutos; que Alá te ayude, oh bien encaminado en tus afanes, que has cosechado cabezas de tales semilleros…».

De la unión de ambas ideas, esculturas de las cabezas del parque, más los poemas de Al-Mutádid, amén de alguna que otra argamasa, surge la novela El jardín de las cabezas cortadas, hasta ahora, la última aventura del inspector Lino Ortega.

Cortar las cabezas de los enemigos es una costumbre, desgraciadamente, bien arraigada en la Historia de la Humanidad, con la bendición de todos los dioses, y sus correspondientes religiones y sacerdotes, y en todas las épocas, incluida la actual. Vayan unos ejemplos.

Hace unas pocas semanas se han celebrado en el Reino Unido las exequias de la reina Isabel II, con la asistencia de reyes y primeras autoridades de todo el orbe. La longeva reina británica descansa ahora a los pies de una capilla de la abadía de Windsor. Lo que no resulta muy conocido es que su antecesora y homónima, Isabel I, que reinó cinco siglos atrás, ordenó la decapitación de su prima y reina de Escocia, María Estuardo. ¿Motivos?  Religiosos y políticos: María era católica, mientras que Isabel profesaba el protestantismo (Reforma Anglicana); la primera, reina de Escocia, la segunda peleaba por anexionar ese territorio a la corona inglesa.

Por cierto, que la muerte de María Estuardo en el patíbulo fue bastante deprimente al necesitar el torpe verdugo tres golpes (dos de espada y uno de hacha) para cercenar el noble cuello. Cuando la cabeza cayó al cadalso, el verdugo la cogió por la cabellera, la mostró a los testigos y gritó un sentido «¡Dios salve a la reina!», que en aquellas circunstancias debió resultar un poco cómico. «¡A buenas horas!», pensaría el buen Dios. Por cierto que el ejecutor se quedó con el rizado cabello real en la mano, pues María llevaba una peluca, por lo que su cabeza volvió a golpear el entarimado.

Isabel I, llamada «la Reina Virgen» por su aversión a contraer matrimonio, tuvo otra trágica experiencia familiar, con el cadalso de por medio. A la temprana edad de dos años quedó huérfana de su madre, Ana Bolena, reina consorte por su matrimonio con Enrique VIII. Ana también murió decapitada, acusada de adulterio, incesto y traición.

Tanto Ana Bolena como María Estuardo, sufrieron sus respectivas ejecuciones en recintos privados del palacio, solo en presencia de sus doncellas y confesores. Una concesión magnánima del monarca, ya que lo habitual era que, para mayor escarnio, los ajusticiados lo fueran en un patíbulo colocado en una plaza pública en presencia de la multitud, incluidos niños, que vituperaban e increpaban a los condenados y aplaudían la habilidad del verdugo con el hacha cuando la cabeza rodaba por el patíbulo.

La Biblia nos deja fragmentos, que no por conocidos, dejan de ser bastantes macabros, pero que han dado pie a textos y expresiones literarias famosas. ¿Quién no recuerda aquella de «servir la cabeza de tu enemigo  en bandeja de plata», que alude al regalo de Herodes a Salomé con la testa de Juan el Bautista como obsequio? O, la cabeza del general asirio Holofernes, en manos de Judit, la joven y bella viuda judía, que tras haberse ofrecido al general invasor para pasar una velada con él, aprovecha  el sueño del hombre para decapitarle y así salvar a su pueblo. O, la de David y Goliat, y tantas otras historias, verdaderas o leyendas, que han dado lugar a creaciones artísticas, plásticas, literarias y musicales, en todas las épocas.

Cortar la cabeza del enemigo y, además, exponerla a la vista de la gente, se convertía en un acto de poder, a la vez que de ejemplarizante sumisión para todos aquellos que pudieran pensar igual que el ajusticiado: «¡Perderéis vuestras cabeza!», se les amenazaba sin palabras. Esa misma expresión se aplica de forma metafórica cuando alguien hace alguna locura que, aún conservando la testa físicamente, no le hace dueño de sus actos: «¡Se enamoró y perdió la cabeza!».

Cercenar la cabeza del prójimo es un hecho que ha ocurrido prácticamente en todas las épocas y en todos los continentes, a veces echándole imaginación al degüello, como fue el caso de los jíbaros, en Sudamérica. Este pueblo amerindio se caracterizó por su curiosa costumbre, que requería indiscutibles conocimientos técnicos, de reducir el tamaño de las cabezas una vez cortadas. Para ello, realizaban un meticuloso proceso que consistía en despegar el rostro y la piel del cráneo, someterla a un proceso de reducción (lo hervían y enterraban en arena caliente durante varios días), tras extraer el cerebro y limpiar el interior del cráneo, practicaban una incisión longitudinal desde la región occipital a la frontal, con lo que la caja craneal quedaba reducida en volumen y posteriormente lo cubrían de nuevo con el rostro y la piel del cráneo. Los huecos de los ojos y la boca eran cosidos con fibras vegetales con objeto de que el alma y las virtudes de la víctima no se escaparan. Todo un ritual religioso, ciertamente violento, pero en el fondo coincidente con otros que se practican en la actualidad, sin sangre de por medio.

Las muertes masivas, con decapitaciones incluidas, no fueron exclusivas de los campos de batalla en las guerras medievales. Las interpretaciones estrictas de los textos de los llamados «libros sagrados» —llámense Biblia, Corán, Ramayana, o cualquier otro—, extrapoladas al tiempo actual, hacen que las cabezas de los prisioneros enemigos sigan siendo un trofeo de capital importancia —nunca mejor dicho—, sobre todo con la televisión de por medio. Los vídeos realizados por yihadistas, con degüellos y decapitaciones en vivo y en directo de «enemigos» periodistas occidentales, humillados y arrodillados, son un claro ejemplo de lo que decimos. Y es que hay extremismos político-religiosos que siguen anclados en la Edad Media, como mínimo.

En África no hay que remontarse al medievo para constatar la crueldad de los seres humanos con sus semejantes. Si ya hubo terribles masacres en el Congo en la época del rey Leopoldo II de Bélgica, lo ocurrido en Ruanda sobrepasa a todas. En este país centroafricano se consumó hace poco más de treinta años, uno de los mayores genocidios de la reciente Historia de la Humanidad. Ante la pasividad de los llamados «países civilizados», que miraron para otro lado, murieron cerca de un millón de personas de la etnia tutsi. Como no todos los agresores poseían armas de fuego, las decapitaciones por machetes fueron por centenares.

Parece que el siglo XX fuere el de los grandes genocidios, al menos los que están perfectamente documentados. Varias décadas antes que el de Ruanda contra los tutsis, en la culta y vieja Europa se fraguó una gran masacre contra todo lo que oliera a judío, eslavo o gitano, principalmente. Aquí fueron más de diez millones las personas exterminadas. Mirado desde la distancia y con la perspectiva que da el tiempo, sigue siendo difícilmente comprensible asimilar la degradación de los valores humanísticos de una sociedad avanzada y culta, como lo fue la Alemania prenazi, para llegar a  convertirse en una ola salvaje guiada por un loco fanático, capaz de inducir a realizar las más abyectas de las atrocidades que mente humana pueda imaginar.

Los campos nazis se convirtieron en auténticas fábricas de exterminio a escala industrial. La vida para los deportados que tuvieron la desgracia de caer en las garras de Hitler, Himmler y demás ralea, no tenía ningún valor. Las formas de muertes fueron tan variadas y perversas como los cerebros de los sádicos asesinos que las idearon. Ciñéndonos al enunciado de este artículo, —«cabezas cortadas»—, mencionaré tan solo algún que otro ejemplo, en especial referido a los deportados republicanos españoles que tuvieron la desdicha de arribar a los campos nazis, Mauthausen, especialmente.

La piel humana -la que se encontraba en buen estado, sin cicatrices ni otros defectos-, se convirtió en un tejido apreciado y exótico para confeccionar pantallas de luz, guantes, bolsos o encuadernar libros. Los objetos eran regalos codiciados por las esposas de los jerarcas del Régimen. Pero, además de la piel, las cabezas de los prisioneros, una vez decapitadas, vaciadas y tratadas, fueron utilizadas como pisapapeles. Resulta curioso que el símbolo distintivo que portaban en sus gorras los SS nazis, fuera una calavera.

El caso del español Francisco Boluda Ferrero es, quizás, uno de los más conocidos. El jefe SS médico del campo, Eduard Krebsbach, prendado de la perfección de las facciones del deportado español, mandó decapitarlo. El mismo doctor se encargó de realizar el vaciado y demás operaciones de limpieza. Una vez finalizado, colocó el cráneo sobre su mesa de despacho de la enfermería del campo de Mauthausen.

Volviendo al enunciado de este artículo, el porqué de las cabezas cortadas, creo que se hace difícil dar una sola respuesta. Tal vez sean tantas y variadas como lo son el abanico de causas que llevan a un hombre a humillar a otro hasta el punto de, no solo acabar con su vida, sino de despojarle de su testa, apoderarse como trofeo de la parte más noble del ser humano. Seguramente, por la estimación, falsa, de que la víctima es un ser inferior a él, el vencedor, que decapita. Y esa consideración de inferioridad / superioridad -según se mire-, puede tener unas raíces de lo más diversas: étnicas, políticas, religiosas, geográficas, raciales, culturales… Añada el lector sus propias etiquetas.


José Manuel Portero es escritor, autor de una serie de novela negra protagonizada por el inspector Lino Ortega, de la Comisaría de Torremolinos-Benalmádena (Málaga).

En el último año publicó el ensayo histórico Nazis en la Costa del Sol.


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