Comienza el 2023 con el frenesí diario del enfrentamiento político, los precios, la inflación, la guerra, las fake news y las reconciliaciones y separaciones de la familia Preyler/Falcó. Más que en una ilusión, como diría Calderón, parece que vivimos en un bucle. O en un meme, que es peor.
Sin embargo, hay una pequeña aldea poblada por irreductibles guiris que resiste, todavía y como siempre, a la realidad circundante. Me refiero a esa parte entre Benalmádena Costa y Torremolinos donde, independientemente que llueva, truene o relampaguee, siempre hay turistas en bañador tomando cerveza. Una actitud encomiable, aunque no sé qué diría Horatio Nelson. Tengo en alta estima a los boomers ingleses: al contrario que los españoles, ellos no ven la edad como un inconveniente para salir a cantar en los karaokes.
Ni la edad, ni la voz, ni el número de cervezas, ya puestos. Tener cerca esta galaxia es un privilegio cuando quieres escapar unas horas de la culpa climática, el stresslaxing y las cartas de Hacienda. Confieso sin culpa que, a pesar de mi espanglish, me dejo ver siempre que puedo en locales ingleses de música en directo, porque me fascina el mundo de los covers: cantantes que imitan a otros cantantes. Todas las noches puedes encontrarte a Freddie Mercury, Queen o Tom Jones en sitios como el Bonanza o el Mojito Bar. Y entre todos ellos, Stelvis, para mí el mejor imitador de Elvis Presley de la Costa del Sol.
He podido ver tres veces el show de Stelvis, aunque lamentablemente nunca he hablado con él ni sé su nombre real. Llega al bar cuando ya está abarrotado, aunque nunca impaciente, de un público británico de edad incierta y tatuajes borrosos. Siempre con una sonrisa, prepara las pistas desde un ordenador y entra a cambiarse. Si justo entrases en ese momento al local, no podrías imaginar lo que va a suceder a continuación. La intro suena. Se hace el silencio. Stelvis sale de alguna habitación aledaña y se mueve hasta una tarima (si la hay), como si estuviese en el International de Las Vegas. Gritos y aplausos. Una nueva ronda de pintas. Patillas. Peluca. Traje blanco de dos piezas, abierto en el pecho, con lazos, flecos y el cuello levantado. Sonrisa pícara. Comienza con That’s All Right Mama, pero es engañoso: su estilo es más cercano al del Elvis pastelón del final que al de sus inicios en el rock&roll. Always on My Mind es uno de los temas que más consigue unir en coro a la parroquia local. Incluyéndome, claro. A pesar de que soy el único español de la sala, poco me falta para gritar God save the King!. Con Can’t Help Falling In Love recorre las mesas haciéndose fotos y dejando que le sequen el sudor de la frente. Y All Shook Up le permite mover, algo más de lo aconsejable por un médico, la cadera. No se olvida de ningún clásico y no se lo toma del todo en serio, y eso es gran parte de su atractivo.
Me encanta Stelvis. Seguiré viéndolo siempre que pueda. Porque Calderón y los guiris tienen razón: la vida es una ilusión. Me pregunto si los ingleses realmente piensan que Benalmádena es eso, un lugar donde Elvis siempre sigue vivo.
Carlos Zamarriego es dramaturgo y vecino de Benalmádena. Acaba de publicar La mano y Teatro Encogido. Estrena en Málaga su última obra en enero: Al final no voy a cenar.
