La Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH) data de 1948 aunque su elaboración había comenzado dos años antes y es un documento que trata de dar respuesta a los “actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad” cometidos durante la segunda guerra mundial. Contiene 30 derechos y libertades irrenunciables que siguen siendo la base del derecho internacional de los derechos humanos y es el documento más traducido del mundo.
Antes y después de esta fecha, en la que para muchos serian nuestros años de niñez, en España debían existir muy pocos derechos porque había que pedir permiso para todo. Para ir al cine había que consultar primero la censura religiosa de la parroquia que clasificaba las películas que habían entrado en el país. Cualquier publicación necesitaba autorización. No había periodistas ni periódicos, ni revistas que mereciesen tal nombre.
La enseñanza de los colegios religiosos tasaban todo aquello que debíamos de saber con su interpretación precisa. Incluso en la Universidad todo estaba muy controlado (profesores, libros, seminarios y actividades en general). De vez en cuando los cursillos de cristiandad alentaban a la población tratando de avivar su fe.
La sacralización controlaba los lugares de diversión o disolución. En Semana Santa cerraban, y las emisoras de radio solo emitían música religiosa, los coches no circulaban y podíamos andar por el centro de la calzada. Las vacaciones eran rechazables y en las playas la guardia civil te recomendaba amablemente discreción tomando el sol sin perder de vista el albornoz o la gabardina. No había nada que preguntar, solo obedecer.
Para conseguir un país idílico de estas características había sido necesario fabricarlo y para ello fue necesario destruir y anular toda la cultura anterior conseguida mediante un enorme esfuerzo continuado por la modernización del país, iniciado en las postrimerías del siglo XIX, desarrollando la denominada “edad de plata” de la cultura española, de todo lo cual nos enteramos a posteriori, una vez arrasados hasta los más nimios vestigios culturales de nuestra existencia anterior.
La tardía evolución posterior, llevó a la construcción de un país nuevo desde cero, porque además de la abrasión sufrida, la interminable dictadura purgó a conciencia todos los estamentos sociales patrios hasta conseguir una desfiguración que en su manía mesiánica calificó de eterna según el argot de la época. Pero afortunadamente no ha sido así porque se debió de olvidar el echar sal sobre las ruinas.
Ha vuelto todo aquello que se borró para siempre. Han vuelto, en primer lugar, los partidos políticos, las instituciones judiciales y todo tipo de organismos sociopolíticos hasta ahora obsoletos, y con ellos la división de opiniones, las libertades para muchas cosas aunque no todas, los avances sociales, el reconocimiento de género, el reconocimiento de las mujeres, los derechos de los trabajadores, la asistencia a los desprotejidos, hasta el punto de poder afirmar que lo mejor que le ha pasado a este país, después de la muerte del dictador ha sido la formación de este gobierno de coalición.
Frente a todos estos avances, se alza la muralla levantada por los destructores de España que se empecinan en detener el avance y la modernización del país, en aras de volver al país funerario que fuimos. No han disfrutado bastante con poner todos los palos posibles en las ruedas denunciando todas las leyes al Tribunal Constitucional, porque necesitan controlar al país como propio. Su único afán es derogar todo lo avanzado, destruir lo construido, negar la historia, impedir la recuperación moral y física de los asesinados, mantener al país en los mismos niveles de infradesarrollo político que ni el mismo dictador pudo mantener.
Nuestro país quiere ser libre, nos necesita a todos, la opinión de todos, los votos de los muchos y de los pocos, no quiere la opinión única, ni la uniformidad, ni el oscurantismo porque prefiere el laicismo.
No existen españoles y antiespañoles. Existen españoles anclados en los principios que el fascismo pretendió establecer para siempre y que ya hace muchos años que fue apartado de toda posible evolución humana. Españoles atrasados que todavía piensan que la democracia consiste en la eliminación de todos los que no piensan igual, en la destrucción de la cultura y el sometimiento y dominación de las mujeres. Españoles atrasados de un tiempo pasado que no fue mejor.
Ya no es posible, por fortuna, volver a saludar con el brazo en alto, ni pertenecer a una falange única que ha dejado de existir, ni firmar los principios del movimiento para poder acceder a cualquier órgano oficial de trabajo, ni siquiera estar bautizado, ni ser hijo de una familia tradicional y numerosa. Hoy todos somos más libres y así queremos seguir.
Jesús Lobillo es doctor en Medicina por la Universidad Complutense de Madrid, presidente del Ateneo Libre de Benalmádena y fue reconocido por el Ayuntamiento con Benalmadense del año 2020.
