domingo, septiembre 25, 2022
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«Felipe Orlando solo pintaba por la mañana, siempre con corbata y música de Vivaldi»

Felipe Orlando se enamoró de Benalmádena y a ella regaló su bien material más preciado: su colección de piezas de la América Precolombina, muchas de ellas herencia de su abuelo con quien compartió el amor por la arqueología.  Siempre tuvo la virtud de crear escuela allá donde fuera y en distintas materias. Por lo que, su aportación a nuestro municipio no consistió en la simple creación de un museo único en Andalucía, el segundo del sector más importante del país, sino que Felipe lo que abrió en Benalmádena fue una ventana transatlántica como conexión con las culturas y tradiciones milenarias latinoamericanas.

Sabemos de su maestría pictórica, su fascinante faceta como literato con unas novelas  que se encuadran en el «boom» de la literatura hispanoamericana , que era hombre de conciencia social y política (tomó parte para derribar al dictador Machado), difusor de la cultura en su papel docente también cultivó  la crítica literaria, la música y la ecología… Su trayectoria vital fue rica en experiencias y de eso sabe mucho, su viuda, la benalmadense Marina Lara. Gracias a ella, nos acercaremos a la faceta más humana de Felipe Orlando,  ese vecino de mirada amable, barba perfectamente cuidada, sonrisa pícara, elocuente don de palabra y un humor que utilizaba con inteligencia y soltura.

Marina Lara posando junto a las obras de su marido, Felipe Orlando, en el museo Precolombino de Benalmádena.

Nos cuenta su viuda que Felipe Orlando llegó a Andalucía porque en una reunión con amigos sonó la noticia de que en un pueblo español regalaban terrenos a los artistas con la condición de que en el periodo de un año construyeran su vivienda. A Felipe le interesó la propuesta y a través del familiar de un colega que vivía en Barcelona construyó su casa en Mojácar, un pueblo blanco de la costa almeriense en el que en los años 60, el entonces alcalde decidió regalar parcelas a los famosos que se comprometieran a pasar allí sus vacaciones de verano y a artistas que trasladasen allí su residencia para convertir el pueblo en punto de encuentro de intelectuales y ponerlo en el mapa turístico.

Sin embargo, según nos relata Marina Lara, Orlando parece que no duró mucho en Almería pues “añoraba el ambiente cultural, ir al teatro… así que su gran amigo Frank Rebajes – que en 1941 consiguió abrir la primera joyería en la Quinta Avenida de Nueva York- le ayudó a través de un familiar que tenía en Madrid a llegar a Málaga”. Y es que, Rebajes tenía también una joyería de renombre en Torremolinos y sabía que el mejor antídoto para el hastío que vivía su amigo Felipe en Mojácar era Málaga y su activa vida sociocultural.

Aeropuerto de Málaga en 1973.

La casualidad o quizás causalidad, atrajo a Felipe Orlando a Benalmádena tras la invitación del histórico alcalde del municipio, Enrique Bolín, que le conoció en una exposición conjunta de artistas malagueños punteros de la época. Bolín quiso comprar las obras de Orlando, pero éste le indicó que aquellas no estaban en venta. Aunque el alcalde no insistió sí que le hizo prometer que visitaría Benalmádena pronto y Felipe así lo hizo.

Algo debió sentir al pisar nuestro municipio  que el artista no dudó en llegar a un acuerdo con el Ayuntamiento para crear un museo con el compromiso de donar su extensa y valiosa colección de piezas precolombinas, sin igual en nuestro país. Y así nació el Museo Precolombino de Benalmádena Pueblo en 1970, que hoy lleva su nombre. Hasta su fallecimiento en 2001, fue el encargado de dirigir el museo -sin retribución económica alguna-, algo que le permitía no separarse de sus piezas, poner el bagaje de su vida al servicio de la institución y profundizar en los estudios y contextos sobre las piezas halladas y las culturas que las generaron.

Orlando tenía experiencia de sobra pues había trabajado en el MOMA de Nueva York, en bastantes universidades de países americanos, se relacionó con Joan Miró, Max Aub, Gabriel García Márquez -quien lo visitó con frecuencia en la década de los 80 cuando ya vivía en Benalmádena- y con otros personajes importantes de la cultura hispanoamericana.

En el plano personal,  a este gran humanista Benalmádena no solo le reportó la casa ideal para su colección precolombina, sino que el hijo de Venus o Afrodita hizo de las suyas y también encontró el amor que le acompañaría hasta su último aliento.

Felipe y Marina se enamoraron en un viaje a Cuba que hicieron juntos, un viaje que sería el inicio de una historia de amor de esas de película. “Nunca se me pasó por la mente que nos podíamos enamorar… pero surgió y fuimos muy felices juntos”, confiesa Marina, con una luz especial en la mirada, cómo si mientras nos habla reviviera aquel momento.

Ella insiste en que pese a la diferencia de edad –se llevaban 40 años-, “él era de espíritu mucho más joven que yo”. Sin embargo, Marina fue clave en la vida de Felipe. Dice el amigo del artista Jorge Lindell: “ Nosotros éramos ya mayores y Felipe seguía siendo un pintor joven. En este proceso de rejuvenecimiento tuvo mucho que ver Marina, que desde su vitalidad influyó en que nuestro hombre recobrara las ganas de vivir y el optimismo”.

Y es que, parece que estaba escrito pues si algo inspiraba y alimentaba el alma creadora de Felipe Orlando era el mediterráneo del que escribió: “Ahora, desde años atrás, veo el ancho cuerpo del Mediterráneo, mar hermano que trae a nuestros ojos el afán de la creación”. Así que no es de extrañar que encontrara el amor en una primera etapa de su vida en Concha y que fuera Marina quien le volviera a despertar este sentimiento, que no todos tienen la suerte de conocer de forma tan plena a lo largo de la vida.

Felipe y Marina se casaron en una ceremonia ritual típica de Guajaca (Mexico), lugar en el que vivía un gran amigo del artista, Rodolfo Morales. Tremenda fiesta se montó para festejar el amor de la pareja: él se vistió con el traje tradicional de guajaqueño y ella, como no podía ser de otra manera, vestida de flamenca y con mantilla.

Posteriormente, formalizaron el matrimonio en el juzgado aquí en Benalmádena. Marina recuerda aquel día con mucha ilusión y nos cuenta que Felipe le regaló “un collar precioso” de conchas y jade “que he dejado aquí en el museo”.

La vida de la pareja en Benalmádena era tranquila. Marina destaca que su marido era muy metódico: “todo lo tenía programado: se levantaba, se arreglaba, desayunaba y montaba la mesa para el almuerzo en la que no faltaba ni un detalle… él, aunque no lo fuéramos a usar, ponía todos los tipos de cubiertos (sonríe)”.  Por la mañana temprano se iba a Correos y a por la prensa, acompañado de su perrita Techichi –en alusión a una especie canina muy común en la época prehispánica y que fue el animal de compañía predilecto de los toltecas. En el museo precisamente, se puede disfrutar de una pieza-.

Tras el paseo, en el que seguro que se entretenía saludando a uno y otro vecino pues estoy segura de que pasaba desapercibido y pocos sabían que era uno de los grandes del panorama artístico, volvía a casa -en aquel entonces vivían arriba del museo- y se ponía a pintar. Felipe Orlando siempre pintaba con música clásica y corbata. Su autor favorito era Vivaldi, “el cura colorao”, le llamaba, según recuerda Marina, que, entre risas, nos revela que “cuando se manchaba la corbata solía o bien pintarla del mismo color, o si veía que no tenía remedio, ¡cortaba la mancha…! ya lo decía su primera esposa: Felipe es como pinta, abstracto”.

Resulta también curioso de su proceso creativo que siempre cubriera de negro los lienzos antes de empezar a crear una obra. Aunque no le gustaba tener compañía mientras pintaba sus cuadros siempre estaba presente su perrita, que aprovechaba los rayos de sol de la mañana para dormir junto al artista, y un canario, Carusso, que cantaba como si fuera parte indisoluble de las partituras clásicas de Vivaldi. Marina también era bienvenida. Ella, se sentaba junto a Felipe y leía o hacía punto mientras tanto.

Marina tuvo mucho que ver en la última etapa pictórica de Felipe –que se inició en el realismo hasta sumergirse exclusivamente en el abstracto-. “Me preguntaba: ¿Qué te parece Marina?. Y yo miraba el cuadro un rato largo callada y le decía lo que me gustaba o no y él siempre hacía caso de mis opiniones”, recuerda Lara, que nos cuenta que “muchos le decían que si no hubiera sido tan inquieto y haber abarcado tantas cosas, habría sido más grande en el mundo de la pintura. Pero sabes que pasa, que Felipe no pintaba para triunfar sino porque simplemente le gustaba hacerlo”.

Después se ponía a estudiar. “Siempre decía que se moriría investigando” y después bajaba al museo. Rara vez pintaba por las tardes, pero sí que escribía. Su viuda atesora muchas novelas que no han sido publicadas. Nos cuenta cómo llegó a sus manos una de ellas: “Una vez fuimos a Madrid y él era muy amigo de Gastón Baquero, el escritor y poeta cubano, que vivía en el barrio de Salamanca. Baquero me dijo que le había caído muy bien y quería hacerme un regalo… le preguntó a  Felipe: tú te acuerdas de una novela que me diste para que te la corrigiera y nunca te devolví… Fuimos a la casa y allí no había ni donde sentarse de tanto libro que tenía y claro no la encontraba. Nos vimos unas tres veces más y yo siempre le recordaba la novela… y un día por fin me la mandó… El título no sé si lo terminé poniendo yo porque cuando la empecé a leer pensé: esta es Margarita la mística. Y así se ha quedado el título”.

En casa vivieron muy buenos momentos rodeados de amigos. Marina dice que a veces se ponía en la cocina a tomar un vino y ella le escuchaba susurrar: “vamos a tener que salir de aquí que mi mujer me va a echar de casa” (ríe). Felipe tenía grandes amistades en distintas esferas artísticas y su salón se convertía a cada rato en foro de ideas “donde presumíamos de tener fórmulas para arreglar el mundo. Así nos daban altas horas, hablando y discutiendo de lo divino y lo humano”, recuerda Lindell.

Felipe Orlando era también muy romántico. Nada más hay que leer la carta de amor que comparte en Ole Benalmádena su viuda.

Marina recuerda que le encantaba ir a ver el mar y en una de las tantas ocasiones en las que estaban sentados cerca del castillo de El Bil-Bil le echó la mano por encima del hombro y ella le dijo: “Felipe estate quieto, que se van a creer que somos un plan”. Parece que las palabras de su esposa revolvieron al artista que no dudó en ponerse en pie y gritar a los cuatro vientos: “Marina, te quieroooo”. “Yo, claro está, no me lo esperaba y te juro que me quería morir…”, comenta con una gran sonrisa.

Ella sigue en contacto con la familia de Felipe. Su único hijo falleció, pero sigue hablando y “ayudando en todo lo que puedo” a los demás, máxime en este tiempo tan duro vivido por la pandemia. Las anécdotas vividas en el seno más familiar o con importantes personajes de su generación que relata durante nuestra conversación nos sonsacan a ambas más de una carcajada y posiblemente, en un próximo artículo las compartiré con los lectores/as porque por curiosas y divertidas son dignas de ser contadas.

El último cuadro que pintó Felipe Orlando es Premonición. Marina cree que él lo tituló así porque, al estar enfermo, “ya sabía que el final estaba cerca”. Lo tiene colgado del revés en casa, porque le gusta más así… junto a dos o tres piezas arqueológicas que Felipe decidió no donar, aunque nunca sabremos el por qué pues Marina nos confiesa que “nunca se lo pregunté”. 

El mirar Premonición -dada la vuelta, como le gusta a su viuda- nos hace pensar en que quizás Felipe Orlando no necesariamente se refiriera a su despedida terrenal sino precisamente a esa premonición, esa magia que le envolvió al pisar Benalmádena, a la intuición o sentimiento que le presagió antes de ser una realidad que éste sería para siempre su hogar, custodio de su querida colección, en el que todos podrían disfrutar de sus Mujeres bonitas, y donde encontraría a la más bella de todas: su amada Marina.


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Benalmádena, sagrario del universo mágico de Felipe Orlando

El Museo de Arte Precolombino Felipe Orlando abre sus puertas como Museo Municipal el 5 de mayo de 1970 y fue creado gracias a la generosidad del artista mexicano afincado en Benalmádena Felipe Orlando. Este museo se ha caracterizado por la singularidad e importancia de su colección de arte precolombino, sin duda una de las más significativas en este campo.

Tras el fallecimiento de Felipe Orlando en 2001, el museo cierra sus puertas para acometer un proceso de reformas estructurales y espaciales destinadas a mejorar las instalaciones del edificio y su accesibilidad. Con esta remodelación se reforma totalmente el edificio y la institución, mediante la incorporación de un nuevo planteamiento expositivo y la introducción de nuevos medios técnicos, con el objetivo de adaptar completamente la institución a las exigencias de un museo moderno.

El museo municipal de Benalmádena se consolida como una institución con doble vertiente, por una parte alberga una colección de objetos de arqueología precolombina y por otra, es el lugar en el que se recogen los restos materiales procedentes de excavaciones realizadas en el municipio, y que permiten a través de su análisis y exposición conocer el pasado de la localidad, aunque es la Colección Precolombina la que cobrará una mayor importancia por el mayor número y calidad de sus piezas, así como por lo excepcional de la colección, pues en Andalucía es el único museo existente de estas características, y en el resto de España también son muy pocos los museos que nos encontramos con colecciones de arqueología precolombina.

La colección Precolombina está formada por un total de 718 piezas procedentes de México, Nicaragua, Colombia, Ecuador, El Salvador, Perú, Costa Rica, Panamá y la República Dominicana, y aproximadamente 300 piezas de arqueología local, en su mayor parte de época Neolítica y del periodo Romano.

De la Colección Precolombina, es en la parte de Ecuador donde están las piezas más antiguas del museo, son las figurillas femeninas esquemáticas de la Cultura Valdivia (Ecuador) que datan del 3200 al 1800 a.C.

Destaca la cerámica nazca por el nivel de detalle al que llega la decoración, que te da mucha información a la hora de explicar o conocer estas culturas. En Nicaragua, por ejemplo, están las vasijas trípode, cuyas patas sonajas tienen forma de cabezas humanas, o de animales como delfines y cocodrilos.

La colección de mujeres bonitas, que representan la fertilidad, es una colección que no tiene nada que envidiarle a ninguna de los grandes museos, en ella tiene cada figura es distinta de las demás, mostrando unos detalles específicos y de gran detallismo. Se les llama mujeres bonitas por estar desnudas o semidesnudas y con el vientre hinchado, puesto que se representan en estado de gestación.

Hay piezas que sorprenden y tienen importancia por todo lo que te sugieren cuando las conoces. Por ejemplo, en la restauración de las máscaras funerarias, hechas de textiles, se ha usado pelo humano, conchas o madera, y en ellas ha aparecido hojas de coca, porque el consumo era lo habitual.

El museo benalmadense es un espacio de difusión sobre las culturas latinoamericanas, tanto de sus objetos arqueológicos como de su cultura.

Desde 2005 se ha venido trabajando en mejorar la accesibilidad educativa y cultural, ya que una de las principales líneas de actuación que se desarrolla en todas las áreas de actividades de un museo es la de las actividades y los programas y talleres educativos, para hacer más comprensible el significado del contenido del museo y el discurso de las colecciones expuestas.

Se han realizado una serie de actuaciones que han buscado la introducción comprensiva del público en las formas artísticas y culturales precolombinas, por una parte, se han creado unas audioguías, tanto para adultos como para niños, en las que el visitante puede realizar una visita a la colección más amena, además han integrado en la exposición, una serie de ilustraciones que permiten conocer la colección de una forma mucho más accesible, rápida y sencilla.

Este museo es un museo local, y como tal busca una raigambre en los ciudadanos del municipio, para ello poco a poco va diseñando una serie de actividades. Las principales se realizan en torno a las tres festividades más importantes que se celebran en casi todas partes del mundo, el Día de los Difuntos, el Día de los Museos y la Navidad, en ellas se aúnan las exposiciones, el teatro, la música y los talleres de manualidades, para dar a conocer el Museo y las colecciones que éste alberga, además de realizar actividades y talleres de formato más pequeño a lo largo de todo el año. Entrar en el Museo Precolombino Felipe Orlando y ver sus colecciones te harán viajar en el tiempo y en el espacio para descubrir culturas milenarias.


  • Entrada gratuita
  • Horarios: Lunes (Cerrado). De Martes a Sábado: de 09.30 a 13.30 horas y de 17.00 a 19.00 horas. Domingos de 10.00 a 14.00 horas.


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