Recuerdo que mi padre, al que extraño cada día, me llevó por primera vez a la Casa de la Cultura de Arroyo de la Miel cuando tenía unos doce años. El motivo: tenía que hacer un trabajo sobre Hernán Cortés para el colegio, y en una época sin Wikipedia ni Internet (madre mía, uno dice esto y se siente tela de viejo), tocaba sacar y meter durante horas de las estanterías de la Biblioteca gruesos tochos enciclopédicos y hacer algo de músculo en el proceso. Allí tuve mi primer contacto con El Búho (Antonio, creo que se llamaba), un personaje fesseriano que con sus “tschussss” periódicos y alguna expulsión de la sala a los más rebeldes, repartía justicia en aquella especie de Saloon que eran las tardes primaverales pre-exámenes de la Casa de la Cultura en Arroyo de la Miel.
Si la memoria no me falla, la oficina de información juvenil, con un Blas Correal y un Julio Vaca más jóvenes, también estuvo situada en la Casa de la Cultura, al menos durante un breve periodo de tiempo. Desde allí, antes de su mudanza al Ovoide y posteriormente a su actual ubicación, los corresponsales juveniles (unos pardillos llenos de ilusión y ganas) llevábamos a los institutos hojas fotocopiadas con cursos y actividades que estaban disponibles para los jóvenes, pero de las que los jóvenes pasábamos (en su mayoría) olímpicamente. ¿Un campo de trabajo voluntario en Eslovaquia? Lo molón era ir a Palladium, o a Pipers, si te dejaban entrar.
En la Casa de la Cultura hicimos teatro los alumnos del IES Arroyo de la Miel, adaptando una novela juvenil de Andreu Martín (Vampiro, a mi pesar) que pinté sobre rollos de papel continuo siguiendo instrucciones de nuestro “profe” José Antonio Gómez de Toro Chele. Incluso yo pinté los dos primeros carteles de la Muestra de Teatro de Centros Docentes, creo que en 1993 y 1994. El tercer año pregunté si me podían pagar algo y ya no pinté nada.
También bailé sobre el escenario de la Casa de la Cultura, con un traje folklórico rojo y de encajes dorados, con el resto de alumnos del curso de ruso que Bolín decidió ofertar en el municipio en busca de oligarcas rusos de cartera relajada. Al son de Kalinka y del Ochen Chornie (Ojos Negros), pese a mis problemas de coordinación de piernas, hice lo que pude sobre el escenario de la Casa de la Cultura. Fuimos dirigidos por una entusiasmada ex bailarina del Bolshói (creo que se llamaba Liudmila) a la que su Ruslán nicaraguense, había abandonado tras embarazarla, para perderse en la selva. Años después supe que aquella pintoresca rusa había muerto de un cáncer y que su madre y su hijo habían vuelto a Rusia.
En una ocasión, siendo La Casa sede de la muestra de arte Nómadas, aproveché para hacer una gamberrada y colgué (minutos antes de la inauguración) un cuadro que llevaba debajo del sobaco, vistiendo un abrigo largo, en una de las paredes. La magia de la cinta adhesiva de doble cara hizo el resto. La obra infiltrada presentaba un retrato de Osama Bin Laden cuyo cabeza se convertía en un enorme falo. Decorada con Tipp-ex, papel de burbujas de embalar y mercromina, la expo se inauguró y nadie cayó en el atentado realizado hasta bien pasado el rato. Mi “protesta” frente al arte conceptual moderno provocó gracia y algún que otro comentario sotto voce tipo “cabronasso”.
¿Y qué decir del Festival Internacional de Cortometraje y Cine Alternativo de Benalmádena? Hace 24 años, José Ramón Martínez y un servidor conseguimos que nos prestasen el salón de actos para proyectar unos cortometrajes y dar unos premios. La Casa de la Cultura ha sido desde entonces la Casa del FICCAB. Por allí han pasado los invitados del festival. Se tuvo que cerrar, ante la avalancha humana, y abrir su balcón para que los protagonistas de Aquí no hay quien viva pudieran saludar al respetable. Casi como sacudida por trompetas de Jericó, sus muros vibraron ante el griterío adolescente cuando Mario Casas entró por video en directo. Con uno de sus focos “cegamos” a Guillermo del Toro para que no se diese cuenta del poco público que había acudido a verle. Y hubo una época de bonanza en la que el edificio acogió catering de cierto nivel, de inauguración y hasta de clausura del festival, al que acudían amantes de la cultura y del canaperío por igual. Eso, antes de tragarse un programa de cortometrajes. Que no hay que olvidarlo: habremos proyectado casi mil cortos en estas dos décadas largas.
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Cortadores de Jamón cerca de Orión. He visto bandejas de saladitos, tortilla, empanadas (¡¡de dos sabores!!) y venenciadores en la oscuridad cerca de la Puerta de la Casa de la Cultura. Y vino, mucho vino. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de desearle a la Casa de la Cultura que cumpla muchos más.
