Ole Benalmádena

‘Matate amor’, el autodesprecio como soporte para hablar de realidades escondidas

En enero de 1857 Flaubert fue enjuiciado a raíz de la publicación de Madame Bobary , “por ofensas a la moral pública y la religión”; el fiscal Pinard acusaba a Flaubert de un exceso en la escritura , “porque escribe sin freno y sin medida”. Su defensor, Senard, argumentaba entre otras cosas que “lo que ante todo ha querido hacer Monsieur Flaubert, ha sido tomar de la vida real un tema de estudio”. Finalmente fue absuelto. El desarrollo del proceso, así como las razones de la absolución, se pueden encontrar en las actas del juicio que fueron publicadas en El origen del narrador: actas completas de los juicios a Flaubert y Baudelaire, compiladas por los mismos autores.

Por razones similares, pero en pleno siglo XXI, por Matate, amor, Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977), fue llevada a juicio también en Francia, sufriendo el boicot en las librerías y ella misma en la localidad francesa donde residía. Contenido, lenguaje, prosa excesiva, parece que sigue siendo intolerable en una sociedad correcta y biempensante. Ariana afronta el riesgo , porque ella , al igual que Flaubert toma la vida real, en este caso no como tema de estudio, sino como escaparate de lo que está oculto.

¿Se pueden decir las cosas de otra manera?. No, no se pueden decir de otra manera.

Se está ante un texto que no está pensado para la mojigatería y no lo es porque la autora nos muestra que la vida no es un escondite por donde andamos casi siempre; la vida , la que sentimos en nuestros adentros, tiene elementos de desgarro también y de reconocimientos, a veces equívocos, de nuestra propia realidad y esos desgarros contienen sus términos expresivos, sus palabras, encadenamiento de frases tensas , tal como las pensamos en esa soledad cuando es más desolada, obviando los resortes de contención, soltándonos el lastre de la cultura como corsé , de las formas como mecanismo de autocensura. Ariana escribe, con la aparente irresponsable osadía de presentarse ante el lector con un relato en el que abundan las interpelaciones a los velos desde los que nos presentamos ante los demás.

El valor de Ariana es múltiple en su relato, aborda los conflictos de una maternidad inesperada, resultado de un error, un descuido, un cambio en la postura de él al “acabar” (ella en su prosa es exacta; mi eufemismo es cobarde). Madre a su pesar, pesar que arrastra en sus días, tal vez desde esa infancia en la que ella misma despreciara a la suya, hace emerger el conflicto de lo que debería ser y lo que para ella es vivir lo que le espera. El resultado es el autodesprecio y con él tiene que ocuparse de gestionar cualquier acción y comprensión de lo vital con el hecho de ser madre y esposa y afrontar las responsabilidades que acarrean. Todo ello en una atmosfera espesa, cerrada a pesar de desarrollarse en un espacio abierto, sí, pero embarrado , cercado por un bosque que esconde algún modo de ejercicio de la libertad. No hay respiro. La autora vivió en una aldea, en un caserío en el bosque y sintió ella misma la espesura de esa atmosfera que flota de forma permanente en el texto.

El hijo, esa “cosa” que demanda y consume la vida de una madre que no se reconoce como tal, que a la vez se desprecia a sí misma también por la repulsión que le ocasiona ese bebé/animal que exige su participación para el ejercicio de las necesidades más primarias, más vitales. Una mujer cercada por la frustración, la ansiedad, la angustia de no reconocerse en el rol preestablecido dentro de la comunidad donde desempeña su existir, porque no es vida, no una vida resuelta sobre alguna forma de estructura; acosada por un deseo casi animal de ejercer su sexualidad, acompañada, a solas, de cualquier forma, en cualquier momento, aunque tenga que irrumpir en casas y vidas ajenas. Cuando dice “mi hombre” al hablar de su marido, ese “mi hombre” encierra lo originario con toda la carga de lo animal que hay en el deseo, no es su pareja, no es su marido, es su hombre al que aturde, desprecia, odia y tal vez ame. Pero finalmente , Matate, amor.

Es intensa desde el primer párrafo: “Me recliné sobre la hierba ente árboles caídos y el sol que calienta la palma de mi mano me dio la impresión de llevar un cuchillo con el que iba a desangrarme de un corte ágil en la yugular”; qué puede llegar a continuación…

La prosa baila con lo poético, lo trágico, bordeando las fronteras de lo brutal, pero como se dijo al principio, tenía que ser así. Ella no parte en su relato de la plasmación de una idea, ella parte del lenguaje y del trayecto que va abriendo; precisamente ese aspecto fue el que me indujo a leerla sin saber qué es lo que iba a encontrar. Ese lenguaje sobre el que se apoya para explorar lo que puede existir tras el escaparate de la familia ; hay hijo, marido, suegro y suegra, hay amigos que invitan a fiestas, hay perro, balas, ciervos con ojos que interpelan, hay retornos a la infancia. Todo eso en apenas ciento treinta páginas.

Matate, amor, es la primera novela de una trilogía que Anagrama (Narrativa hispánica) publica junto con La débil mental, y Precoz bajo el título de Trilogía de la pasión. Si en la primera se centra en la exploración de la familia, en La débil mental ya no se encuentra la familia, hay una madre y una hija, no hay hombres y finalmente en Precoz, solo madre e hijo, pero aún más llevado el texto al límite a lo absolutamente marginal. Cada una de ellas merece atención expresa, pero las tres conforma un tobogán que termina por precipitarnos a un “no lugar” del que siempre hemos estado huyendo sin darnos cuenta.

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Manuel del Castillo Molina es secretario del Ateneo Libre de Benalmádena

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