Benalmádena a lo largo de su historia ha tenido una clara vinculación con el mar, por él llegaron personas, ideas y productos procedentes de otras civilizaciones, en él aún permanecen ocultos numerosos restos arqueológicos de nuestro pasado. En Ole Benalmádena hemos investigado sobre la piratería en nuestras costas y respecto a un bergantín inglés, The Isabella, que, por cuestiones del infortunio, ha acabado formando parte de la historia de nuestro municipio desde que el 4 de marzo de 1855, debido a un fuerte temporal, encallase en nuestras costas, pasando a formar parte de nuestro rico patrimonio arqueológico subacuático. Y por supuesto, sobre nuestras tres torres almenaras, que vigilaban y defendían Benalmádena de los ataques enemigos desde el mar y que aún hoy nos hablan de otros tiempos, de Al-Andalus, y sobre todo, de la conquista cristiana. Por eso, cuando la asociación cultural Ben-Al-Arte organizó hace unos días una charla en torno a las Memorias de un navegante a cargo de Francisco Jurado, nos invadió la sana curiosidad por conocer de primera mano las experiencias de un marino de hoy en día.
Jurado, que ha navegado por el Mediterráneo, el Atlántico y el Caribe, nos pone en antecedentes, puesto que su acercamiento a la náutica fue en realidad casual. Oriundo de Herrera, un pueblo de la provincia de Sevilla, según nos cuenta, se empezó a interesar por la náutica deportiva cuando tenía unos treinta años -hoy suma 73-.
El mar siempre le había atraído, aunque confiesa que no tanto el rol del marinero al que mentalmente asocia a una vida dura, apartada de la familia pues de pequeño, muchos de los padres de sus compañeros de colegio eran pescadores y sabía de primera mano que aquella no era una profesión para todos, que había que valer para afrontar tantos sacrificios.
En su juventud, a los 29 años, a través del tío de un compañero de trabajo que tenía una lancha a motor empezó a tener contacto con el mar. Sin embargo, nos confiesa que la experiencia no fue exactamente la esperada… “Aquel ruido constante de la lancha… y después en contraposición ver pasar los bonitos barquitos de vela a nuestro alrededor fue lo que me alentó a comprar uno a medias con mi compañero de trabajo”.
Con aquel barco de vela, en el que pasó más tiempo en el agua que en su interior, eso sí, se lo pasó en grande, fue cómo se inició en la náutica. Jurado, – según iremos descubriendo mientras discurre nuestra conversación- es una de esas personas inquietas, de las que les apasiona investigar y profundizar en los temas, y esas ganas de saber más le arrastraron aquel invierno a inscribirse en la escuela náutica de Barcelona, que era dónde residía en aquel entonces y sacarse la licencia de patrón de barcos deportivos a motor y vela. Curiosamente, con aquel barquito llegó un verano a Benalmádena, sin imaginar en aquellas fechas que nuestro municipio se convertiría en su hogar algún día.
Las clases teóricas le supieron a poco y no dudó en continuar su formación en el plano práctico, que en el fondo era lo que le llamaba. Trabajaba en la banca, pero un cáncer le obligó a apartarse de su profesión y del ámbito laboral de manera abrupta y forzosa con tan solo 42 años.
La gravedad de su enfermedad, a la que le ganó el pulso, y su nueva situación -no resulta fácil para quien está acostumbrado a rutinas y horarios verse de pronto desprovisto de esa obligación- le dio la excusa perfecta para adentrarse más aun en esta pasión que poco a poco le estaba envolviendo, sin prisas, casi de puntillas, hasta llegar a ser parte indisoluble de su vida.
Una Semana Santa nos cuenta que vio una embarcación que le encantó. Era de una pareja de franceses a los que hizo por conocer embelesado por su barco. Animado por la experiencia, se hizo con una embarcación mayor a la que tenía y se adentró en rutas a Grecia, Turquía… La primera vez que cruzó el Atlántico fue con un barco que no era suyo y que le supuso toda una aventura. A través de un amigo que había vendido su barco conoció al comprador, que era un joven que se había ennoviado con una brasileña y “sin tener ni idea de navegación se había propuesto cruzar el océano para ir a verla”. Jurado se prestó a ayudarle a poner la embarcación a punto y aceptó la invitación de acompañarle en la aventura (porque se frustró otro viaje que tenía planeado con un amigo que quería ir a Cuba a ver a su pareja, pero poco antes de iniciar la travesía los enamorados rompieron, una historia que reseñamos no porque nos encante hablar de amoríos, que puede ser que también, sino porque parece una señal de lo que viviría Jurado meses después… En fin, no nos queremos adelantar a los acontecimientos).
La travesía hasta Brasil fue toda una odisea, un mes navegando más el tiempo que invertían en las distintas paradas a tierra con una tripulación que, a excepción de Jurado, poco o nada sabía de náutica. Francisco confiesa que lo disfrutó muchísimo, y pese a los imprevistos que se sucedieron, lograron cruzar el océano. En una de estas paradas en tierra, en concreto en Fortaleza, Francisco conoció a Silvia, su actual esposa.
Ya estaban cerca de dónde había quedado el joven dueño del barco en ver a su enamorada cuando Francisco le aconsejó que contactará con ella ya que hay que tener presente que en esos años el teléfono móvil no estaba a la orden del día y ni que decir tiene que internet era todavía un gran desconocido para la inmensa mayoría de los mortales.
Al final no llegaron al punto de destino y se libraron de subir el Amazonas porque a la chica en cuestión parece ser que el mes y pico de travesía se le hizo eterno y había decidido unilateralmente dejar el noviazgo con el joven marinero. “El perdió la novia, pero yo me enamoré de Silvia. Fue un flechazo”, recuerda Jurado con una gran sonrisa.
Y Silvia -se casaron a finales de los 90- se convirtió en compañera de vida y de aventuras marinas. Y junto a ella, construyó desde cero su actual embarcación. Jurado le echa la culpa a su esposa: “Ella decía que el barco que teníamos se le quedaba pequeño y me dio la excusa perfecta para empezar a construir uno a mi gusto”, comenta Francisco.
Empezó comprando el casco en Valladolid (qué también tiene su historia, y daría para otro artículo) y ponerlo en funcionamiento. Era precisamente el modelo de barco que vio por primera vez cuando decidió empezar a navegar más en serio. Sí, ¡el de los franceses…! Poco a poco, entre un conocido y otro, se fue haciendo con todo lo demás. “Muchas cosas fueron regalos y otras, ni te imaginas de donde provienen… por ejemplo, el mástil mayor es de las Olimpiadas de Barcelona, era uno de los palos que estaban entre las lonas gigantes donde se proyectaban las imágenes”, explica Jurado, que hace años que tiene ya a Bravo I, su embarcación, totalmente terminada.
Entre las cosas más extrañas que le han ocurrido en sus viajes nos comenta que la falta de sueño le provocó en una ocasión alucinaciones. “Veía a una persona que me decía que durmiera tranquilo, que él se ocupaba de todo… allí no había nadie, estaba yo solo”, recuerda.
El puerto de Benalmádena ha sido para él y su compañera punto de partida de muchas aventuras, aunque hace un tiempo que el Bravo I está en dique seco, al menos de momento. Francisco ha estado ocupado: terminó la carrera universitaria de Historia del Arte y actualmente cursa Historia en la UMA.
Si te has quedado con ganas de saber más, compartimos el vídeo de la conferencia de Francisco Jurado grabado por Francisco Martín que nos ha proporcionado Ben-Al-Arte, aunque estamos convencidos que en Ole Benalmádena pronto volveremos a saber de este marino afincado en Benalmádena.
Ben-Al-Arte presenta su programa de actividades culturales para esta temporada

