Se llamaba Ana Carmona Ruiz, pero fue conocida en los ambientes deportivos bajo el seudónimo (necesario) de «Veleta»1; necesario porque en aquellos años no estaba permitido a las mujeres participar en la mayoría de deportes. Sin embargo, se ha registrado que el fútbol femenino ya se jugaba en la década de 1910. Durante los años de la dictadura y hasta 1975 estuvo prohibido en España.
Nuestra paisana nació en Málaga en 1908 y murió en la misma ciudad en 1940, a los 32 años, víctima del tifus exantemático epidémico, enfermedad transmitida por los piojos humanos y conocida popularmente como «piojo verde» ya que, en opinión de un cronista de la época, se trataría de un «sincretismo lingüístico» provocado al asociar la terrible enfermedad que se desencadenó en la posguerra con la letra de una copla famosísima escrita por Rafael de León y Valverde, inspirada en un romance de Federico García Lorca (Romance sonámbulo), e interpretada por una estrella de la época: Concha Piquer titulada «Ojos verdes», muy censurada por el franquismo. Inspirada en la relación de una prostituta y su cliente, la censura, ante la imposibilidad de impedir su difusión por su extraordinaria popularidad, varió el fondo del argumente cambiando la frase inicial: «Apoyá en el quicio de la mancebía» por esta más conveniente: «Apoyá en el quicio de mi casa un día». Ambos fenómenos, la difusión de la copla y la expansión de la plaga, se escaparon al poder de la censura, si bien la letra de la copla sufriría los indispensables cambios, como apuntamos, como también lo sufrió el apelativo popular de la plaga: «piojo verde», transmutándolo en «piojo rojo»: esta vez un «sincretismo ideológico» de raíces nazi-fascistas.
Ana, la primera mujer futbolista de la historia, según Jesús Hurtado, fue enterrada con la camiseta del Sporting de Málaga en el cementerio malagueño de San Rafael. Sin embargo, surge la primera incógnita ante tan extraordinario caso, dado que, a priori, las mujeres no podían jugar al fútbol y que, ya abierto «el melón» de la investigación feminista sobre el deporte en general, y el fútbol en particular, se han descubierto nuevos nombres de jugadoras, como el de la coruñesa Irene González (1909-1928), coetánea de la malagueña, que inició su carrera en el equipo infantil Racing-Athletic, como delantero centro. Fundaría su propio club: Irene C.F., del que pasaría a ser capitana y portera, dato este que nos hace pensar que fue una mujer reivindicativa y con dotes de líder. Por lo que se ha publicado, su familia era muy humilde y ella colaboraba con el dinero que ganaba con el futbol, a pesar de que en los primeros momentos al padre no le hacía maldita la gracia, llegando a sacarla de los pelos de los estadios. Con apenas 19 años murió de tuberculosis y el diario La Voz de Galicia publicó un artículo titulado «Hay que salvar a Irene» ¿Quizás la incógnita a la que nos referimos al principio del epígrafe tenga que ver con que el primer caso se dio en Andalucía y el segundo en Galicia? ¿Quizás la sociedad era más reacia a modernismos en nuestra Málaga y por ello la necesidad de «travestirse»? Son sólo hipótesis, aunque lo cierto es que nuestra malagueña lo tuvo, a priori, más dificultoso. De nuevo surgen las hipótesis.
Volvemos de nuevo con la malagueña Ana Carmona, centrocampista, y conocida con el diminutivo de «Nita». Según las crónicas de la época, fue un fenómeno futbolístico reconocido por sus compañeros. Como su colega gallega, nació en una familia de clase trabajadora (su padre era estibador del puerto de Málaga) del barrio de Capuchinos y, también como ella, sufrió la misma y negativa postura del padre cuando decide dedicarse a lo que ella le gusta: el futbol; un deporte que ella había descubierto viendo jugar a los marinos ingleses que llegaban al puerto malagueño ―no olvidemos que fueron los ingleses, asentado en las minas de Riotinto (Huelva), en Jerez de la Frontera (Cádiz) y en Vigo (Galicia) quienes introdujeron dicho deporte en nuestro país hacia 1870―. La joven Nita, utilizando las estrategias de quienes les impiden llegar por la línea recta, es decir, bordeando la «normalidad», aprovechó la coyuntura que le daba el que su abuela fuera la lavandera del equipo (y único miembro de la familia, al parecer, en apoyarla) para convertirse en la persona de enlace que llevaba la ropa a los jugadores. Algo tuvieron que ver en ella, porque un párroco, de nombre Francisco Mínguez Fernández (beatificado por cierto en 2007), se convirtió en su gran valedor (todo hay que decirlo, gran amante del fútbol o football, como se decía entonces). Sirvieron de muy poco los castigos paternos: alejarla a Vélez a casa de unos parientes; lo cierto es que se vinculó al equipo del Sporting de Málaga como ayudante del masajista, Juanito Marteache (y antes en el Vélez CF), travestida, en ambos casos, como ya decimos, y con la complicidad de algunos compañeros, si bien otros, envidiosos del juego de aquella niñata que lo hacía sin complejos, de tú a tú, llegaran a delatarla. Su presencia en el campo lo hacía con el pelo recogido bajo una gorra (permitida entonces en el nuevo deporte), con pantalones largos hasta la rodilla y camisetas lo suficientemente anchas para disimular las formas2. Por lo que recogen las crónicas, su juego destacaba, lo cual debe ser cierto si nos remitimos a que fue protegida y aceptada por el esquipo, no así por buena parte de la sociedad local más refractaria, ni por las autoridades que llegaron a arrestarla por alteración del orden público o a raparle el pelo tras la denuncia de los envidiosos y machistas compañeros, como ya apuntamos.
Esta es, a vuela pluma, la historia de una niña que prefirió el balón, reservado para los chicos, a las casitas de muñecas, y que hizo caso omiso a los consejos de un familiar, médico, que, con un criterio machista, le sermoneaba constantemente con el discurso de que lo que hacía era perjudicial para la estructura corporal de la mujer. Fue una de las deportistas que abrió paso a las mujeres futbolistas que se abrirían paso en los años 30, durante la II República. Desgraciadamente, como ya indicamos, el franquismo entregó el control del deporte a la Falange. El deporte femenino, como se sabe, estaba bajo la batuta de la Sección Femenina de Pilar Primo de Rivera, más preocupada en que el papel de las mismas fuera el de fieles esposas, sumisas y sacrificadas.
Quizás sea la primera referencia sobre el fútbol femenino la aparecida en El Mundo Deportivo sobre un partido jugado en Barcelona el 31 de mayo de 1914. Bajo el epígrafe «Las niñas futbolísticas» el redactor escribía:
Anteayer, en el campo del ´Español´, jugóse el primer partido de fútbol entre representantes del sexo débil, que en dicho día se parangonaron con el fuerte. Este partido, cuyos beneficios se destinaban a favor de la Federación Femenina contra la Tuberculosis…
Casualmente, la maldita enfermedad que se había llevado por delante a la gallega Irene González, compañera de fatigas de nuestra Nita. No era esta, según el reportero, una actuación «digna» de las féminas: «no sólo por su poco aspecto sportivo, sino que también porque a las descendientes de la madre Eva, les obliga a adoptar tan poco adecuadas como inestéticas posiciones, que eliminan la gracia femenil». No sería hasta 1970 cuando volvieran a germinar las semillas sembradas por estas dos valientes, hasta culminar con la victoria, en Sydney, a miles de kilómetros, de nuestra selección femenina como ganadoras mundiales.
¡Ya tenemos referentes!
1 Según algunos de sus compañeros de equipo con los que coincidió en el Sporting de Málaga, entre ellos Francisco Quero «El Galán» o Miguel López Torrontegui «Bilba», Ana «cambiaba de mujer a hombre y viceversa, como una veleta».
2 Además de vendarse el pecho, estrategia, por otro lado, bastante utilizada por mujeres que quisieron traspasar la barrera profesional de lo permitido a su género.
Rosa Mª Ballesteros es Historiadora y Vice-Presidenta del Ateneo Libre de Benalmádena

