lunes, septiembre 21, 2026
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Antonio Moreno: Un ‘latín lover’ en Hollywood

Así era el mundo de “Los locos años 20”. Eran unos tiempos en donde confluían los traumas de la Primera Guerra Mundial (finalizada en noviembre de 1919) y la liberación sentida por la ciudadanía. Fueron años, como alguien escribió: de “goce y lucha, de opulencia y privaciones, de trascendencia y frivolidad”. En este contexto la sociedad contemplaba con asombro la aparición de la flapper anglosajona y la garçonne francesa1. En el cine, mudo todavía, hacían furor las vamps y el latín lover, arquetipo masculino en el que se centra el artículo.

Este es el escenario en el que surge el nuevo paradigma masculino: cabello oscuro, ojos penetrantes, varonil, irresistible y sensual que coincide con otro estereotipo: el greaser, imagen peyorativa del mexicano, un tipo violento, sucio y mezquino de los filmes made in Hollywood que el gobierno de México prohibiría como rechazo al retrato despectivo de los primeros emigrantes mexicanos. Hollywood, finalmente, fagocitó el arquetipo con películas tan exitosas como Salvaje (1953) o Rebelde sin causa (1955), por citar un par de títulos, protagonizados por greasers norteamericanos: James Dean y Marlon Brando, respectivamente.

Lo cierto es que el nuevo paradigma latino tuvo un éxito rotundo en las películas de Hollywood, y así lo afirman críticos y expertos como la profesora Emily W. Leider, autora de la biografía del primer actor de la saga, el italiano Rodolfo Valentino (1895-1926), muerto prematuramente a los 31 años. De él afirma Leider: ⁅que⁆ “tuvo un profundo impacto en la cultura estadounidense al crear un nuevo arquetipo de papel protagónico masculino (…) cambió esos prejuicios y demostró que no era necesario ser un típico estadounidense de tez blanca para poder convertirse en ídolo de matiné”. Valentino fue protagonista de películas tan famosas como El Caíd y Los cuatro jinetes del Apocalipsis, ambas de 1921 o Sangre y Arena, estrenada al año siguiente, dirigida por una de las primeras directoras de cine: Dorothy Arzner (1897-1979). Como apunte, las dos últimas películas citadas se basaron en sendas novelas del escritor español Vicente Blasco Ibáñez, autor también de los guiones. En ellas, Valentino da vida al hijo de un ganadero argentino y a un torero, respectivamente. En los Cuatro jinetes, coincidió con otro famoso latín lover: el mexicano Ramón Novarro (1899-1968), considerado como su rival. Otro famoso, esta vez norteamericano, de origen judío, fue Ricardo Cortez (1899-1977): que en realidad se llamaba Jacob Krantz, y que se cambió el apellido más acorde con el de latín lover.

El personaje de galán latino hace su aparición cuando el cine es mudo, de forma que lo verbal queda en segundo plano para ceder el protagonismo al aspecto visual: fascinación del cuerpo y la mirada, estrategias que Moreno supo desplegar exitosamente al encarnar a un amante romántico, sensual, excéntrico a veces y casi siempre primitivo e irracional, y no pocas veces trágico. En cierto momento declararía que “para disfrutar profundamente del amour, éste ha de ser cuestión de vida o muerte”.

Reforzando este nuevo estereotipo que implica nociones de raza, género y clase social, un nuevo lover aparece en las pantallas. Esta vez es europeo, español, madrileño criado en Andalucía, para más señas, de nombre Antonio Moreno (1888-1967), fiel descendiente de un mito en el que beben todos ellos: el mito de Don Juan; mejor dicho, de todas sus recreaciones y adaptaciones literarias, porque de todas tiene un toque: el seducido (que no seductor) de Byron, el romanticismo de Zorrilla…

Antonio nació en Madrid, aunque su infancia transcurrió en Andalucía. Huérfano muy niño tuvo que trabajar vendiendo cestos de pan por las calles. Nada apuntaba en lo que se convertiría hasta que un inesperado encuentro con dos turistas, encantados con su gracia natural, le cambiaría la vida. Apadrinado con estos yanquis viajó en 1920 a Estados Unidos. Allí aprendió inglés, cursó estudios elementales y trabajó en varios oficios, pero su verdadera vocación surgió con la asistencia a las representaciones teatrales y a la amistad que entabló con la actriz Helen Ware, su verdadera madrina. Su belleza y elegancia hizo todo lo demás, hasta convertirlo en el galán que llegó a ser, de la mano del gran David Wark Griffith, para actuar en las películas de la compañía Vitagraph. Protagonizó, entre su numerosa filmografía, varias adaptaciones de novelas de Vicente Blasco Ibáñez, entre ellas Mare Nostrum (1925), de Rex Ingram, y La tierra de todos (The Temptress, 1926), de Fred Niblo, donde compartía cabecera de reparto con Greta Garbo. Gilbert Roland, un galán mexicano, gran amigo de Antonio, sostenía que fue el latín lover de la pantalla en los años veinte, antes de la revelación de Rodolfo Valentino, había sido su amigo Antonio que, para culminar su éxito se casaría en 1923 con Daisy Canfield, hija del magnate del petróleo Charles A. Canfield.

Trabajó con las más grandes actrices del cine mudo: Clara Bow, Norma Talmadge, Mary Pickford, Gloria Swanson, Pola Negri, Bebe Daniels o Greta Garbo. También dirigió películas en México, entre las que destaca Santa (1931), la primera película hablada de este país. Al año siguiente enviudó y poco antes de la Guerra Civil regresó a España para protagonizar María de la O (1936). A su vuelta a los Estados Unidos, siguió haciendo cine, mayoritariamente encasillado en personajes hispanos. Falleció en California en 1966.


1 Arquetipo de mujer desinhibida, representante de una nueva estética: melena y falda corta y aire deportivo.


Rosa Mª Ballesteros es Historiadora y Vice-Presidenta del Ateneo Libre de Benalmádena

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