Benalmádena tiene una reina centenaria. Se llama Ivy Rhodes, acaba de cumplir 105 años y lleva más de cuatro décadas viviendo en Arroyo de la Miel, el rincón del municipio que eligió como hogar cuando el norte de Europa quedó definitivamente atrás. Esta semana, el Ayuntamiento le ha rendido un homenaje a la altura de su historia: el galardón ‘Benalmadense del Año 2025’ como residente destacada, junto con un reconocimiento especial que el Consistorio extiende a todos los vecinos del municipio que han superado el centenario de vida.
El primer edil, Juan Antonio Lara, visitó personalmente a Ivy Rhodes para hacerle entrega de los dos reconocimientos. Nacida el 11 de febrero de 1921 en Dudley, una localidad del corazón industrial del Reino Unido, Ivy creció en una época en la que las mujeres rara vez escalaban posiciones de responsabilidad en el mundo laboral. Ella lo hizo. Tras terminar sus estudios, entró a trabajar en Newey Bros, una empresa donde pronto demostró una capacidad de gestión y liderazgo poco habituales para la época. Con apenas 26 años ya dirigía a su equipo como jefa de sección, en unos años —los de la posguerra— en los que el mundo empezaba a reconstruirse y las mujeres comenzaban a abrirse camino, aunque con muchas trabas, en el mercado de trabajo.
En 1947 tomó una decisión que marcaría el rumbo de su vida: trasladarse a Londres. La capital británica le abrió las puertas de Columbia Pictures, la célebre productora cinematográfica estadounidense con sede en la ciudad, donde desarrollaría el grueso de su carrera profesional hasta la jubilación. El mundo del cine, con su mezcla de arte, negocio y cosmopolitismo, encajaba bien con el carácter abierto y viajero de una mujer que, a lo largo de su vida, recorrería numerosos países dejando siempre un hilo de curiosidad por los destinos del sur.
Ese hilo la trajo a España en 1955. Por entonces, el país comenzaba a asomarse al turismo europeo y la Costa del Sol era todavía un lugar casi secreto, ajeno al desarrollo masivo que vendría después. Ivy lo descubrió antes que la mayoría y quedó prendada del clima, de la luz y del carácter de sus gentes. Tanto, que al cumplir los 60 años dio un paso definitivo: adquirió un apartamento en Benalmádena. Lo que empezó como residencia vacacional acabó convirtiéndose en su hogar permanente, y desde hace más de cuatro décadas Arroyo de la Miel es, sencillamente, su pueblo.
En Arroyo de la Miel, Ivy Rhodes se ha convertido en una de las figuras más queridas de la comunidad extranjera que, desde los años setenta y ochenta, fue echando raíces en nuestro municipio. Su presencia es habitual en la vida cotidiana de Arroyo de la Miel, y quienes la conocen destacan su vitalidad, su memoria y su disposición a relacionarse con los vecinos de todas las edades y procedencias. En una comunidad tan diversa como la benalmadense, Ivy es, en cierta medida, un símbolo de lo que significa elegir un lugar y entregarse a él sin reservas.
El galardón ‘Benalmadense del Año’ que concede anualmente el Ayuntamiento busca precisamente reconocer ese tipo de trayectorias: personas que, por sus méritos vitales o profesionales, por su implicación con el municipio o por su contribución a la comunidad, merecen ser puestas en valor. En el caso de Ivy, el reconocimiento tiene además una dimensión simbólica especial: el de las personas centenarias, ese grupo cada vez más numeroso de vecinos que han visto pasar más de un siglo y que, con su sola existencia, encarnan la memoria viva del lugar que habitan.
Ivy Rhodes celebró su 105 cumpleaños hace apenas unas semanas, rodeada de quienes la quieren. Nacida en el invierno de 1921, cuando el mundo salía con dificultad de la Gran Guerra y todavía ignoraba los horrores que estaban por venir, ha asistido a casi todo lo que ha dado de sí el siglo XX y lo que va del XXI. Ha trabajado en el cine, ha viajado por el mundo, ha vivido en tres ciudades muy distintas y ha elegido terminar —o continuar— su historia en este rincón de la Costa del Sol donde el sol llega casi todos los días del año. Benalmádena, que la acogió hace más de cuatro décadas, le ha devuelto hoy el gesto con el mayor reconocimiento que tiene para dar. Y Ivy, a sus 105 años, lo recibe con la misma elegancia con que, según cuentan quienes la conocen, ha llevado siempre su larga y extraordinaria vida.
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