lunes, febrero 9, 2026
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Educar a un hijo con ansiedad

Sergio García Gutiérrez, especialista en psicología infantil

Cuando un niño padece ansiedad, mientras antes podamos precisar “el motivo” por el cual se siente así, mucho mejor. Motivos siempre hay, pueden ser biológicos, personales o ambientales. Entre los factores ambientales, destacan los acontecimientos vitales, el estilo educativo de los padres y los procesos de socialización del peque en sus diferentes ámbitos (familia, escuela, amigos, trabajo, etc). Entre los factores personales, destaca la valoración subjetiva que el niño hace de sí mismo (autoestima), los rasgos de su personalidad y los recursos de que tiene para afrontar los problemas, o sea, sus estrategias de afrontamiento.


Las personas más próximas al niño tienen “un papel muy importante” en la prevención de su ansiedad. Los padres pueden reducir el impacto de las situaciones estresantes que viva el niño, ¿cómo? Puede pueden educarlo para potenciar sus recursos personales, pueden promover nuevas experiencias y fomentar “hábitos de vida saludable” …

Como decía, es necesario disminuir el impacto de los acontecimientos estresantes, ya que los niños pueden carecer de recursos para afrontar de forma adecuada situaciones estresantes y pueden superar sus capacidades para reaccionar de forma adaptativa.

En estos casos, las personas próximas al niño deben hablar con él de todo lo que le preocupa, de cómo se siente. Permitir que se desahogue y exponga todas sus preocupaciones, dudas y sentimientos.

Sí que no debe ser forzado a hablar de sus sentimientos, tenemos que estar disponible cuando él lo necesite. Importante es actuar como modelos de afrontamiento. Esto es necesario, ya que los niños aprenden a afrontar los problemas, imitando “los modos de actuación” de personas cercanas a ellos. En este sentido, es importante que el niño aprenda a demostrar los sentimientos, no ocultarlos, y a afrontar los problemas, no evitarlos.

Si el niño tiene miedo a alguna situación, es importante que se le anime a enfrentarse a ella. Para lograrlo, puede hacer de modelo para el niño, es decir, darle ejemplo afrontando la situación primero, sin forzarlo a que lo haga, de este modo comprobará que no es tan peligrosa ni tiene consecuencias tan negativas.

También, puede ayudarle a exponerse a la situación de forma gradual, primero acompañado, luego solo, comenzar por la situación más fácil, poco a poco aumentar la dificultad… Y, por supuesto, felicitarlo por los avances.

En otros casos, los “acontecimientos cotidianos” pueden ser una fuente de preocupaciones para un niño, y los padres deberían comprender “lo importante que para el niño es esa situación”. No hay que restarle importancia, a acontecimientos que, para un adulto pueden resultarle intrascendentes (una pelea con otro compañero, un cambio de profesor, la dificultad en alguna materia escolar, etc) pero que pueden ser “lo suficientemente significativos” para que el niño se muestre preocupado.

Vuelvo a hacer hincapié que hay que hablar con el niño de todo aquello que teme, adoptar una actitud propicia a la resolución del problema. Aquí, es importante que los padres no adopten un papel demasiado directivo, ya que el niño debe aprender a solucionar sus propios problemas, solucionárselos no enseña al niño a ser autónomo, sino a depender de los padres y recurrir a ellos cada vez que tenga un pequeño contratiempo.

Por eso mismo, es vital educarlo para potenciar sus recursos personales, ya que la respuesta ante una situación que genera ansiedad depende, en parte, de los recursos de que dispone el niño para afrontar ese problema, y de si percibe que “es capaz” de resolverlo.

Dicho de otro modo, no basta con tener las armas para enfrentarse a un problema, hay que creer que se puede luchar contra él y superarlo. Este sentimiento de autoeficacia tiene mucho que ver con la autoestima.

En la formación de la autoestima cobra especial importancia la familia y el colegio. Y, por supuesto, el amor incondicional es, sin duda, la mejor estrategia para fomentar en el niño una buena autoestima, ya que debe estar seguro del amor de sus padres hacia él por sí mismo, no por lo que hace.

Aceptar a un hijo implica, por ejemplo, demostrarle afecto, que se siente orgulloso de él, que disfruta de su compañía, demostrar que entiende lo que le preocupa, interesarse por sus problemas, aceptar sus limitaciones, no pretender que sea perfecto, y demostrarle afecto incluso cuando se porte mal.

Entre las maneras de educarlo para potenciar los recursos personales del niño, una es brindarle apoyo incondicional, aquí los padres deben demostrar a su hijo que ellos estarán allí cuando él necesite ayuda, y los profesores deben expresar al niño que ellos pueden ayudarle cuando tenga dificultades en sus tareas escolares.

Otra, es ayudar al niño a encontrar aptitudes, intereses y actividades, es decir, reforzar y potenciar sus capacidades, animarlo a mejorar sus habilidades en las tareas que realiza de forma deficitaria y, sobre todo, potenciar aquellas que más le gustan y que mejor hace.

“No hay que olvidar” corregirle cuando hace algo mal, ya que es importante que se critique su actuación, pero no su forma de ser. O elogiarle por sus avances, por las cosas que hace bien, no exigirle perfección ni rapidez, valorar los resultados que vaya consiguiendo, aunque no sean perfectos.

Cuidado con ser excesivamente sobreprotector, ya que se ha visto que los niños que están muy sobreprotegidos por sus padres tienen frecuentemente una baja autoestima, hay que dejarlos que se enfrenten por sí solos a sus problemas, y que aprendan estrategias para superarlos.

Hay que pensar que los padres “no estarán siempre ahí” para resolver todos los problemas de su hijo. Recomiendo, también, tener una actitud activa dirigida a la resolución de problemas, donde se valore un problema como un desafío en vez de como una amenaza, esto le hará creer a tu hijo que los problemas son resolubles, tendrá más confianza en la propia capacidad para “resolver bien” los problemas, no esperar que los problemas se resuelvan por sí solos, no posponer la resolución del problema, no evitarlo, etc.

Está claro que no basta con animar al niño a actuar de esta forma, sino que los padres deben comportarse del mismo modo, actuar de modelos de conducta a seguir para él.

De hecho, el fomentar su autonomía es súpeeeerrrrr importante para que el niño, desde pequeño, adquiera responsabilidades en casa y en el colegio, ayudando en pequeñas tareas de casa (poner la mesa, fregar los platos, hacer su cama, etc.), recoger su pupitre, ayudar a mantener en orden el aula…

Estas tareas serán tanto más complejas conforme aumente la edad. Sin embargo, la autonomía va más allá de que el niño sepa valerse por sí mismo en las tareas cotidianas. Como decía antes, y lo repito, los padres no deben ser directivos y sí, en cambio, promover que su niño sea capaz de tomar “sus propias decisiones” ·a riesgo de equivocarse) y de tener “diferentes experiencias” (a riesgo de ser negativas). Esto implica que es mejor aconsejar que ordenar, sugerir que imponer o exigir….

En esto último, me quiero extender “un poco” porque ser excesivamente exigente con los hijos no es “un buen camino”, porque el fijarse unas metas muy elevadas y esperar que los hijos obtengan resultados excelentes (aunque no expresen de forma explícita ese interés pero sí refuercen al niño de forma diferencial “en función de los resultados”), puede conducir a estados de elevada ansiedad en el niño, ya que se preocupará por defraudar a sus padres, por ejemplo, si sus notas no son tan buenas como ellos esperan.

Es cierto que, a veces, son los propios niños los que se fijan metas muy elevadas, en la mayoría de las ocasiones se trata de niños inseguros y muy perfeccionistas, que basan su autoestima en conseguir ser el mejor en todo. En estos casos, habría que disminuir el nivel de exigencia de los padres, ya que deben ser realista e ir acorde con la capacidad del niño. Igualmente, se debe crear una atmósfera de aceptación: el niño debe saber que sus padres no van a dejar de quererlo si lleva a casa malas notas.

Es imprescindible, fomentar una vida equilibrada: el rendimiento en el colegio “no lo es todo”, también son importantes las diversiones. Se debe evitar hábitos perfeccionistas como estudiar hasta altas horas de la noche, o repetir muchas veces un trabajo hasta que esté perfecto, esto no es saludable. Es conveniente establecer un horario y unos objetivos de estudio realistas, y es muy adecuado programar actividades deportivas y culturales que le gusten al niño. O sea, fomentar hábitos saludables promoviendo nuevas experiencias…

Es muy aconsejable que los niños tengan experiencias muy variadas. Esto les permitirá conocer a gente diferente y hacer amigos, así se conocerá mejor y sabrá cuáles son sus aptitudes e intereses más destacados, encontrarse con diferentes problemas y desarrollar habilidades y estrategias para resolverlos, etc.

En definitiva, fomentar nuevas experiencias en el niño puede fortalecer su autoestima, mejorar sus recursos de afrontamiento y establecer una red de relaciones sociales. Este apoyo social es, sin duda, uno de los recursos más importantes para prevenir los problemas psicológicos, entre ellos los trastornos de ansiedad.

Es importante fomentar las relaciones sociales del niño dejándolo que realice salidas con otros niños, excursiones, dormir en casa de amigos, fijar una hora de regreso a casa que sea prudente pero no demasiado restrictiva…

Cuantas más experiencias diferentes tenga el niño, más estrategias desarrollará para afrontar problemas. Cuantos más amigos tenga mejor, y se sentirá más apoyado para poder superar los diferentes problemas con los que se encuentre. Cuando mencionaba antes el fomentar hábitos saludables, también me refería a comer de forma sana y equilibrada, realizar ejercicio físico de forma habitual. El ejercicio físico ayuda a mejorar el estado de ánimo y a relajarse. Se trata de un antídoto natural contra el estrés.

En resumen, el llevar a cabo diferentes actividades para potenciar las aptitudes del niño es aconsejable y saludable, y promover diferentes experiencias permite desarrollar estrategias para afrontar problemas y construir una buena red de apoyo social, no hay que excederse ni en la cantidad de actividades a realizar ni en lo que se espera de ellas.

Los niños con un exceso de actividades extraescolares muestran cansancio, estrés y se sienten presionados, tienen la necesidad de “cumplir con todo y con todos”, y se dan cuenta de que no pueden.

Esto puede repercutir de forma negativa en su salud mental, por tanto os recomiendo no llenar tanto la semana de demasiadas actividades, planificar un horario con el niño y destinar un tiempo suficiente a las tareas escolares, extraescolares y a su descanso, el horario debe ser realista, se deben planificar actividades gratificantes para el niño (por ejemplo, si al niño le cuestan las matemáticas se pueden destinar algunas horas a la semana a repasar esta materia, pero también a realizar otras actividades que al niño le resulten más agradables: fútbol, música…).

Las actividades le deben gustar al niño, y no sólo a los padres. Digo esto porque algunos padres quieren que el niño estudie o practique una actividad que ellos no pudieron realizar en su infancia, pienso que hay que escuchar lo que quiere él, no hay que ser excesivamente exigentes con el niño, hay que animarlo a que lo haga lo mejor que pueda, y reforzarlo por los pequeños avances, pero no exigirle resultados.

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