
Ante la inminente apertura del curso escolar 2025-2026, hablar de educación en Benalmádena es hablar de un fracaso institucional enquistado. Una ciudad que ha triplicado su población desde 1991 no puede seguir funcionando con una red educativa diseñada para un municipio mucho más pequeño. Y, sin embargo, esa es la realidad que golpea cada septiembre a miles de alumnos, familias y profesionales. Lo más grave es que nadie —ni en la Junta de Andalucía ni en el Ayuntamiento— parece dispuesto a asumir responsabilidades.
La falta de plazas escolares se ha convertido en una enfermedad crónica. Padres y madres que, lejos de elegir el centro más adecuado, se ven obligados a matricular a sus hijos en colegios e institutos a kilómetros de casa. El Partido Popular lleva años vendiendo humo: proyectos de nuevos centros educativos que nunca pasan del anuncio propagandístico. Palabras, promesas y más promesas, pero ni un solo ladrillo.
Lo que sí llega puntualmente son los parches indignos: barracones prefabricados en patios escolares, bibliotecas convertidas en aulas, salas de música sacrificadas en nombre de la «urgencia». Resultado: aulas masificadas, patios desbordados, pasillos intransitables y una calidad educativa que se deteriora curso tras curso.
A la precariedad de las infraestructuras se suma la falta de personal. Orientadores que deben dividirse entre varios centros, especialistas que no pueden atender con continuidad a los alumnos, y una comunidad educativa exhausta. Los más perjudicados son los alumnos con necesidades específicas de apoyo y los extranjeros —casi un tercio del alumnado— que dependen de aulas de adaptación lingüística sin profesorado suficiente. Se habla de fracaso escolar como si fuera culpa de los niños; la realidad es que el fracaso es institucional.
Mientras tanto, el Ayuntamiento de Benalmádena recorta aún más las partidas de mantenimiento de colegios en los presupuestos de 2025. Los centros llevan años reclamando mejoras básicas en sus instalaciones y reciben a cambio la excusa de que «ya cumplirá la Junta de Andalucía». Una huida hacia adelante que solo confirma lo obvio: no hay voluntad política de resolver el problema.
Las familias, los docentes y el propio alumnado llevan tiempo alzando la voz. Han organizado protestas, han denunciado públicamente esta situación, han pedido soluciones urgentes. ¿La respuesta de las administraciones? Silencio, propaganda y fotos de campaña. La educación pública se ha convertido en un escaparate electoral donde los anuncios cuentan más que las aulas, y los titulares pesan más que el futuro de nuestros hijos. Y así, nos encontramos que, el avance en la construcción de los nuevos centros educativos en Benalmádena está marcada por una estrategia electoral perfecta.
Benalmádena no puede seguir encadenando cursos escolares bajo la bandera del abandono. No hablamos de un lujo ni de un capricho, hablamos del derecho básico a una educación de calidad. Y cada septiembre que comienza con barracones, recortes y promesas incumplidas es una traición a las próximas generaciones.
Es hora de que los responsables públicos dejen de esconderse tras discursos huecos. La educación no puede esperar más. O se actúa ya con hechos —no con titulares— o lo que hoy llamamos «fracaso escolar» habrá que empezar a llamarlo por su nombre: fracaso del PPSOE.
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