El artista marteño, José Domínguez, expone hasta el 19 de julio en el Castillo del Bil Bil, 28 obras de su colección ‘Miradas’, una evolución pictórica con la que está viviendo su momento profesional más dulce y que lo ha catapultado a los mejores museos y galerías tanto de España como de fuera de nuestras fronteras.
En esta nueva etapa, Domínguez muestra la evolución que ha experimentado a lo largo de sus 40 años de profesión, en los que ha mostrado un control extraordinario en el dibujo con sus trabajos realistas, el buen uso del color en su momento impresionista y ahora, da un giro hacia hacia el blanco y negro para resaltar de forma magistral cada uno de los matices que quiere hacer relevantes ante los ojos del espectador de sus obras urbanas.
El artista nos confiesa que “es muy bueno que los artistas experimentemos y no nos estanquemos en un estilo concreto. Yo he pasado por tres etapas (realista, impresionista y la actual con grisáceos urbanos) y de todas me siento muy orgulloso. Todos mis cuadros me gustan, pero ésta última es la que me está consagrando por esa frescura… es algo muy nuevo y en el mundo del arte se ha sabido apreciar y reconocer la maestría”.
En la exposición en Benalmádena –cuyos cuadros están todos a la venta– nos muestra lugares claramente reconocibles tamizados por esta nueva paleta de grises y transparencias que plantea. Podemos ver estampas de Nueva York, Londres, Sevilla y Córdoba, y los motivos de naturaleza, que se conjugan con los urbanos para dar dinamismo a la sala, son todos de la sierra de Jaén, su tierra natal.
En estas obras, más allá de discursos complejos, la mirada se detiene en algo tan sencillo como el placer de la observación. Domínguez más que cuadros parece que crea auténticas ventanas donde podemos asomarnos para acompañarle en un viaje que trasciende más allá de la imagen y que, con esos tonos grisáceos lejos de evocar tristeza o melancolía, nos sugiere vida, serenidad y luminosidad.
En esta exposición, donde todos los cuadros están realizados con manchas y espátula, Domínguez logra, prescindiendo absolutamente del color, colocar capa por capa de pintura en un esmero desmedido por el pequeño detalle, que nos introduce en un juego visual yo diría mágico. Al acercarnos al cuadro solo vemos manchas, el abstracto, y, según nos vamos alejando, el ojo humano logra recorrer con mimo todo el espacio pictórico, y distingue claramente coches, edificios… y con sorpresa, descubrimos que cada parte del cuadro funciona a modo de armonía coral en la que todo acaba ocupando su lugar en un absoluto inteligentemente conectado por el pintor.
Preguntamos al artista cuál cree que es el secreto del éxito que está teniendo su obra y nos indica que “primero hay que dominar perfectamente el dibujo, que es la base, y una vez lo logres hay que romperlo. ¡Fijate que contradicción! Cuesta mucho, porque cogemos vicios a lo largo de nuestras carreras y nos resulta difícil romper ese dibujo perfecto para ofrecer algo nuevo”.
Pese a que esta nueva etapa destaca por la ausencia de color, en todas sus obras, el rojo -en lugares cuidadosamente elegidos y con pinceladas que en ocasiones se acercan al bermellón- toma un protagonismo inusual. Es cómo que va hilando y recorre la superficie del cuadro dejando una huella que nos traslada al momento de la propia ejecución del artista, con el que sentimos la pasión del instante de la creación, del nacimiento del arte en sí mismo.
Domínguez no explica que “es un rojo valiente y es el que, para mí, le da ese toque espectacular a mis cuadros. Es mi firma, mi sello personal”.
En esta exposición en el Castillo de El Bil Bil, que está abierta al público hasta el próximo 19 de julio, el visitante además de disfrutar de la magistral ejecución pictórica de José Domínguez, tendrá la posibilidad de gozar de su propio tiempo, de la belleza huyendo de la prisa y así adentrarse en un viaje en el que sumergirse a través de la mirada que encuentra la belleza en esos paisajes urbanos y de la naturaleza, que de cerca son irreconocibles y que, mientras más nos alejamos, se dibujan, trazo a trazo ante nuestros ojos, hasta trasladarnos como si por arte de magia fuera, a este lugar concreto, con todos sus detalles, con toda su calidez y vida, y con ese rojo que le da sentido a todo, sello de este excelente artista.

