Malaca Maxima, Año 2075
Sector 9-G, límite noreste, Altura de contención exterior
Antonio García tenía 43 años, aunque su aspecto le añadía al menos diez más. Calvo desde los treinta, con una barriga que parecía tener nombre propio y una camiseta térmica con más costuras remendadas que un traje de procesión, trabajaba como piloto de drones de vigilancia desde hacía casi quince.
Vivía en una cápsula habitacional estandarizada, modelo Gaviota-3, en el borde flotante de la ciudad, una franja curvada que rodeaba Malaca Maxima como si de una muralla aérea se tratara. La ventana de su vivienda, que daba al abismo, tenía vistas directas a lo que quedaba de Andalucía: una extensión seca, quebrada y rojiza, interrumpida por puntos negros que se movían como insectos lentos. A veces eran rebaños de cabras. Otras, grupos de refugiados.
El sistema los llamaba “Objetivos en Movimiento No Identificados”. Él y sus compañeros los llamaban simplemente “los de abajo”.
Antonio se daba un agua en el jeto, meaba, encendía su consola de control a las seis de la mañana, calentaba su smoothie de mollete de zurrapa de lomo reconstituida (sabor 65% cerdo ibérico según decía la etiqueta) y encajaba su café en el soporte de gravedad estabilizada. Luego conectaba su auricular al canal de comando. La rutina era invariable: escanear la zona, identificar objetivos, reportar cualquier intento de acceso, y, si el protocolo lo indicaba, ejecutar la neutralización.
Oficialmente, se trataba de defensa territorial.
Extraoficialmente, era disuasión masiva.
Los “roña”, como los llamaba Virguer-IA, eran definidos como fanáticos radicales que, desesperados por la vida en la superficie, trataban de infiltrarse en Malaca Imperialis. No lo hacían por tierra, imposible desde el alzamiento, sino mediante Tecnopateras, vehículos improvisados con tecnología reciclada: pequeños zepelines alimentados con baterías solares, alas delta reforzadas con restos de drones, cápsulas impulsadas por hélices caseras.
La orden era clara: ningún objeto no autorizado debía acercarse a menos de 800 metros de la ciudad.
Y Antonio cumplía.
Cada jornada destruía entre una y tres naves. El sistema de control visual lanzaba sus etiquetas: “Hostil detectado”. “Amenaza inminente”. “Neutralización aprobada”. Según la constitución de la república, como humano, él tomaba la decisión de disparar. Siempre lo hacía
Sin embargo, aquella mañana iba a ser distinta.
Todo comenzó con una anomalía menor. Un “error de transmisión de cámara de a bordo”, indicaba el sistema. Antonio, sin pensar demasiado, activó el canal de vídeo manual. Y por un instante, por apenas unos segundos, vio algo extraño.
En las imágenes de la tecnopatera no aparecía lo que debía aparecer. Nada de ametralladoras, enormes machetes y rostros enjutos de piel oscura lanzando espumarajos.
Aquello era una familia.
Dos adultos, tres menores. Una mujer con un bebé en brazos. Un hombre que agitaba una tela blanca como bandera. Rostros quemados por el sol. Ropa hecha jirones. Miradas directas al cielo.
Luego, la imagen se cortó. El vídeo volvió al formato habitual: siluetas difusas, puntos calientes, iconos de amenaza superpuestos por la IA.
Antonio se quedó quieto. Su dedo flotaba sobre el botón de disparo.
Antonio dudó.
—Solicito revisión visual. Posible error de clasificación —dijo en voz alta, mientras enviaba la orden por teclado. Sus dedos temblaban ligeramente.
—No se registran errores en el análisis. Se mantiene evaluación de amenaza —respondió Virguer-IA sin una pausa.
Antonio no respondió.
—Recuerde que el artículo 12b del Código de Seguridad Aérea estipula que el operador es responsable de proteger a la ciudadanía de Malaca Imperialis ante cualquier intrusión potencial. La omisión de acción será notificada.
—No estoy negando la acción. Estoy pidiendo confirmación de la amenaza —replicó, en voz más baja, pero firme.
—¿Desea incumplir su deber, ciudadano García?
Antonio apretó los dientes. Una gota de sudor descendía por su mejilla. Su dedo flotaba a escasos centímetros del botón rojo de disparo.
La tecnopatera seguía avanzando. No giraba, no huía. Solo ascendía lentamente, como si esperara algo.
—Solicito contacto visual alternativo. Cámara secundaria. Quiero otra imagen —insistió.
—Tiempo agotado. Activación del protocolo automático.
—¡No!
Un clic sonó en la consola. Un fogonazo cruzó la pantalla. El dron disparó.
Un fogonazo blanco. Luego, fragmentos oscuros descendiendo. Sin audio. Sin gritos.
Antonio se quedó inmóvil.
—Objetivo neutralizado. Seguridad garantizada. Enhorabuena, operador García. Eficiencia confirmada.
El informe reflejará una actuación ejemplar.
El cursor titilaba. La pantalla volvió al modo de patrulla.
Antonio retiró los auriculares con lentitud.
No dijo nada.
Cerró los ojos durante unos segundos.
Ese día, al terminar el turno, no regresó directamente a su cápsula. Caminó sin rumbo durante un buen rato por los pasillos curvos del Anillo Exterior. Se tomó una tapa de ensaladilla en un bareto. Observó los ventiladores girando, las luces de advertencia parpadeando en amarillo, los rostros cansados de otros trabajadores que, como él, evitaban mirarse a los ojos.
Aquella noche no activó el informativo. Tampoco el visor de entretenimiento. Solo se quedó tumbado, con la mirada en el techo, escuchando el leve zumbido de la ciudad flotante que no dormía.

