Thornton Wilder escribió su aclamada obra Nuestra ciudad para que, dentro de mil años, se supiera cómo era la gente que vivía y moría en una pequeña ciudad de New Hampshire, a principios del siglo XX. Me pareció, al menos, una cuestión razonable a plantear para cualquier político local. ¿Qué dirán de nosotros dentro de mil años? ¿De nuestras políticas? ¿De cómo era Benalmádena, por ejemplo, en 2022?
Claro que el político local prefiere pensar en ciclos de tiempo más cortos, de cuatro años por ejemplo. Pero considerando lo mucho que ha cambiado Benalmádena en un lapso tan breve como las últimas cinco décadas, en las que ha pasado de 9.783 habitantes a 73.750 (a multiplicar por tres en verano), con el impacto que ha tenido para el entorno, no sería un mal momento para preguntarnos qué responsabilidad tenemos en lo que va a quedar de Benalmádena no dentro de mil, sino en los próximos 50 años.
Todos hemos visto cientos de veces, a la entrada del pueblo, que Benalmádena fue primer premio de embellecimiento en 1970. Dicen que cuando Gertrude Stein volvió a su casa natal en Oakland, California, pronunció su famosa frase: “No hay ahí allí”. Si hace años la idea de un sol iluminando un pequeño pueblo de casas blancas entre cerros y vistas majestuosas al mar provocó un negocio tan grande… ¿podemos engañarnos tanto para llegar a pensar que el crecimiento desmesurado no ha cambiado esa imagen? ¿Qué ya no somos eso? Y en ese caso, ¿qué somos ahora? ¿Con qué estamos reemplazando los metros cuadrados ganados a nuestras montañas? ¿Qué pasará cuando las únicas plantas sean las de los edificios y los únicos campos los de golf? ¿Cuándo se acaben las últimas tierras de cultivo? ¿Qué tradiciones están reemplazando a las de nuestros abuelos? ¿Qué tipo de invierno queremos en una ciudad que sólo vive para el verano? ¿Qué somos cuándo la economía está más orientada en acoger que en escoger?
Nos guste o no, la Costa del Sol vive embarcada en plena paradoja de Teseo: no sé si es posible decir que estamos en Benalmádena si hemos reemplazado cada una de las partes de Benalmádena. Tampoco tiene que ser negativo si hay alguien que esté pensando en qué otra Benalmádena verá el siglo XXI. Porque vivir del pasado se vuelve peligroso si el pasado ya no está “ahí allí”.
Carlos Zamarriego es dramaturgo y vecino de Benalmádena. Acaba de publicar La mano y Teatro Encogido. Estrena en Madrid su última obra en diciembre: Al final no voy a cenar.

