domingo, febrero 8, 2026
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Oportunidad perdida

Joaquín Amann

Hay momentos en la vida política de un municipio en los que se abre una ventana para hacer las cosas mejor. Para corregir inercias, modernizar estructuras obsoletas y fortalecer la democracia local. La aprobación de un nuevo Reglamento Orgánico Municipal debería haber sido uno de esos momentos. Pero en Benalmádena no lo ha sido. Ha sido, sencillamente, una oportunidad perdida.

Un Reglamento Orgánico Municipal no es un mero trámite administrativo. Es la norma que define cómo funciona un Ayuntamiento, cómo se toman las decisiones, cómo se controla al gobierno y qué papel juegan los ciudadanos y la oposición. Es, en definitiva, la arquitectura democrática de la institución más cercana al vecino. Precisamente por eso, su elaboración debería responder a un objetivo claro: mejorar la organización municipal, hacerla más eficiente, más transparente y más participativa.

Nada de esto ocurre con el reglamento que se pretende aprobar. No hay innovación, no hay modernización y, desde luego, no hay voluntad de mejorar la organización municipal.

La transparencia, uno de los pilares del buen gobierno, brilla por su ausencia. El nuevo reglamento no mejora el acceso a la información ni para los ciudadanos ni para los representantes públicos. No establece mecanismos claros para garantizar la trazabilidad de las decisiones, ni refuerza el control democrático sobre la acción del gobierno. Al contrario: consolida un modelo opaco, donde la información se dosifica, se retrasa o directamente se niega. Y cuando no hay transparencia, lo que se protege no es el interés general, sino los intereses particulares que se esconden detrás de muchas decisiones.

Tampoco se aprovecha la oportunidad para avanzar en la participación ciudadana. Los vecinos de Benalmádena siguen siendo meros espectadores de los plenos municipales. No participan en los debates, no influyen en las decisiones y solo se les permite hablar cuando todo ha terminado, cuando las cámaras se apagan y cuando sus palabras ya no tienen efecto alguno. Regular una participación real, ordenada y efectiva en los plenos era posible. Otros municipios lo hacen. Aquí se ha decidido no hacerlo.

Pero quizá lo más revelador de este reglamento es lo que sí cambia. No se mejora la organización, no se mejora la transparencia y no se mejora la participación, pero sí se limita el debate. La reducción de los tiempos de intervención de la oposición no responde a criterios de eficiencia, sino a una voluntad clara de control político. Porque limitar el tiempo es limitar el control, es reducir la capacidad de fiscalizar, de argumentar y de denunciar. Es blindar al gobierno frente a la crítica.

Todo ello encaja perfectamente en un modelo de continuismo que Benalmádena arrastra desde hace demasiado tiempo. Un modelo dominado por el bipartidismo de un PSOE y un Partido Popular que, con distintos rostros, llevan 45 años marcando el rumbo del municipio y preservando intacto el mismo statu quo. Un modelo que no ha traído prosperidad ni modernización, sino abandono, deterioro de los servicios públicos y una administración anclada en prácticas del pasado.

Este Reglamento Orgánico Municipal podría haber sido el inicio de un cambio profundo. Podría haber servido para abrir el Ayuntamiento a los ciudadanos, para reforzar el control democrático y para profesionalizar de verdad la gestión municipal. No lo será. Se ha preferido conservar lo conocido, proteger privilegios y evitar cualquier reforma que incomode al poder establecido.

Por eso hablamos de una oportunidad perdida. No solo de un mal reglamento, sino de una ocasión desperdiciada para empezar a sacar a Benalmádena de la inercia que la ha llevado, tras décadas de mala política y peor gestión, a la ruina institucional, a la miseria organizativa y al mas absoluto abandono del municipio. Desgraciadamente las oportunidades perdidas, en política, casi siempre las acaba pagando el ciudadano.


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