Benalmádena a lo largo de su historia ha tenido una clara vinculación con el mar, por él llegaron personas, ideas y productos procedentes de otras civilizaciones, en él aún permanecen ocultos numerosos restos arqueológicos de nuestro pasado.
En esta ocasión nuestro paseo por la historia del municipio se sumerge en los restos de un bergantín inglés, que por cuestiones del infortunio, ha acabado formando parte de la historia de nuestro municipio.
El 4 de marzo de 1855, debido a un fuerte temporal, encalló en nuestras costas un naviero inglés llamado The Isabella, que tras unos días acabó sumergido a muy pocos metros de la playa de Torrequebrada. En la actualidad aún se conservan a 8 metros de profundidad los restos del barco hundido, formando así parte de nuestro rico patrimonio arqueológico subacuático.
El pecio perteneció al naviero inglés Robinson, construido a medidos del siglo XIX. Este bergantín estaba comandado por el oficial de la marina mercante J. Brown, que inició la travesía en el puerto de Génova cargado de mármoles, bambú y azufre. Su destino era alguna mansión colonial de Calcuta, la India. Al no estar finalizada la obra del Canal de Suez para llegar al Índico con rapidez, la ruta obligaba a bordear la costa malagueña. Desde Génova, hicieron escala en Marsella el 6 de febrero, y un mes más tarde debido a la tormenta en nuestras aguas, el barco Isabella se hundió llevando consigo todo su cargamento. Parte de la mercancía se pudo recuperar tras el naufragio y fue subastada en Málaga por el comerciante de origen gibraltareño Juan Giró, socio de la familia Heredia. Tras ello, el bergantín ingles cayó en el olvido, oculto bajo las aguas durante más de 100 años.

Será en el verano de 1961 cuando apareció en nuestro litoral una escultura de mármol blanco y de metro y medio de alto, que representaba al dios de la mitología grecorromana Dionysos. La pieza se consideró en un primer momento de época romana, fue llevada de inmediato al Museo Arqueológico Provincial de Málaga, y expuesta en la Alcazaba durante años. Del hallazgo se hizo eco la prensa, atrayendo la mirada de la comunidad científica, comenzando las investigaciones el erudito malagueño Juan Temboury.
Con el objetivo de investigar en profundidad el pecio aparecido, el profesor Eduardo Ripoll Perelló junto con un grupo de submarinistas especializados del CRIS de Barcelona, exploraron el lugar y llegaron a la conclusión, por los restos de la embarcación, que correspondía a la época contemporánea.
En 1974, el grupo de submarinistas de Los Delfines de Benalmádena recuperó la estatua femenina de una Artemis, de mismas dimensiones que la anterior, además de numerosas losas de mármol blanco con ligero veteado gris, que se utilizaron como pavimento en el Museo Municipal de Benalmádena, inaugurado unos años antes para albergar la colección precolombina de su director vitalicio Felipe Orlando. Ambas piezas poseen un importante valor artístico, probablemente pertenezcan al mismo taller italiano de esculturas neoclásicas del siglo XIX.
A inicios de los años 80 del siglo pasado aparecieron otras dos esculturas, un busto femenino de gran detalle y un Apolo. Estas esculturas, junto con la estatua femenina de Artemis se pueden ver en el Museo de Arte Precolombino Felipe Orlando de Benalmádena.




Además de mármoles, a lo largo de los años se han ido recuperando otro tipo de objetos, correspondientes a elementos de construcción de la embarcación, como unas chapas de bronce con un sello de fábrica, en el que se indica “Muntz 26”. Se trata de la marca del industrial Muntz, con fábrica en Birmingham, destinada a la producción de planchas de metal para recubrir el casco de los buques, funcionando como protección de la madera.
El barco hundido era conocido popularmente como el Pecio de los Santos, debido a las esculturas aparecidas. Hasta que, a comienzos del siglo XXI, el Grupo de Arqueología Subacuática Nerea, por encargo del Ayuntamiento de Benalmádena, consiguió identificar a qué embarcación correspondía. Dicho informe se puede consultar en el Fondo Local de la Biblioteca Municipal de Arroyo de la Miel.
En el año 2009, fue declarado Bien de Interés Cultural con la categoría de zona arqueológica, contando así con la mayor protección posible dentro de la Ley de Patrimonio Histórico Español. A pesar de ello, debemos de ser conscientes del riesgo de saqueo continuado al que se encuentra la embarcación. Al estar en el agua, a escasa profundidad y cerca de la costa, ha sido objetivo de expoliadores furtivos, que han hecho desaparecer parte de la carga del barco, perdiéndose así parte de la historia del mismo.
En el año 2016, agentes del Grupo Especial de Actividades Subacuáticas de las Guardia Civil y el Centro de Arqueología Subacuática del IAPH fueron los encargados de recuperar una serie de piezas, como dos círculos de mármol, losetas y clavos, que debido a las mareas y corrientes marinas, dejaron visibles parte del pecio y por tanto, en riesgo de expolio.
El pecio Isabella supone un interesante registro arqueológico e histórico del transporte de mercancías en el siglo XIX, que nos habla sobre la economía, el comercio, la sociedad y el modo de vida. Seguramente quede mucho por descubrir de la embarcación, enterrada bajo la arena de nuestra playa.

Un recuerdo de niñez es ver a Diana Cazadora, enigmática, irguiendo orgullosa las marcas del tiempos en los corales que la recorren, como si fueran las cicatrices que licuan los soldados.
Guardiana de la entrada del museo Felipe Orlando, pues ese era su sitio, en aquellos años museo precolombino.
Los zagales pasábamos los calurosos veranos del pueblo, sentados en las escaleras del viejo mármol que precedía la puerta del museo. Enjoyada con un enigmático suelo que no sabíamos muy bien de donde provenía.
A la niñez una sobremesa le parece una eternidad, a modo de juego infantil, imaginábamos un sin fin de aventuras que en la Benalmádena Romana (porque creíamos que era romana), había vivido esa portentosa diosa, Diana Cazadora. Hasta, a veces, bromeábamos sobre sus supuestas atribuciones magnificas.
Los años van pasando en el devenir del pueblo y la niñez deja paso a la adolescencia, “las letras” comienzan a alumbrar el orden lógico de la historia y asimilamos que es parte de la carga de un pecio del S. XIX. Hundido en las costas benalmadenses a causa de un temporal.
Este fascinante hecho, nos hace saltar un resorte que nos fascina. El hecho de que exista una Benalmádena histórica que yace latente bajo el manto del desarrollismo turístico que sufrió la costa en los años 70.
Lo que me da pie a felicitar a Itziar Merino Matas por su articulo en esta puesta de largo de la Diana Cazadora de Benalmádena, que bien se merece una fuente, y porque Benalmádena es un pueblo que en la antigüedad vivía de cara al mar y es parte de su historia es de justicia revindicar un museo o sala dedicado a los pecios que aquí existen. Carolus Dixit.