jueves, diciembre 1, 2022
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Ascensión a Jarapalos (antes del incendio)

Aquel que desbordado por el maremágnum veraniego de playas embutidas chiringuitos atestados calles a rebosar y pertinaces estridencias de luz y sonido se despertó un día muy de mañana y decidió echarse al monte y que después de ultimar unas pocas tareas domésticas que tenía pendientes aprestó en poco rato lo cabalmente necesario para acometer y llevar a término la empresa que le daba vueltas en la cabeza desde hacía días y que poco después de despuntar el sol y no por ahorrarse caminata sino por rehuir el tráfago naciente de la ciudad entró en el coche y al pasar por el centro del Arroyo vio deambulando a la deriva residuos de la noche sabatina en forma de litronas vacías y rímeles estragados mas al poco ya estaba subiendo las curvas de la carretera de Mijas y luego llegó a la amplia explanada de una cantera que hay allí cerca y bien atadas las botas calado el sombrero mochila a la espalda cayado en mano airoso el andar el ánimo contento la brisa en la frente y de purísima y oro el cielo se puso en camino buscando las alturas y en no mucho caminar llegó a la bifurcación que dicen puerto de Las Grajas pero la querencia le tiró para levante y tras un corto y plácido paseo dio vista a la Hoya de Málaga que desde aquella altura ofrece un espectáculo grandioso y que sin saber por qué modo le asaltaron de pronto unas nunca advertidas inclinaciones autocráticas y sintió deseos de abjurar de sus convicciones republicanas pues al contemplar a sus pies pueblos montes valles y ríos encerrados en horizontes de sierras y torcales se sintió señor y rey de todo aquel territorio y para tomar posesión de sus dominios descendió hasta un apartado lugar al que él era especialmente aficionado que llaman Jarapalos y una vez allí mientras atravesaba sus frondosas soledades fue recreándose con la copiosa variedad de plantas en las que era algo entendido y al escuchar el canto de algunas avecillas escondidas tras el ramaje se reprochó su torpe ignorancia en materia pajaril pues fue incapaz de identificar los trinos silbos y gorjeos que tan gratamente le regalaban el oído y llegó hasta una alberca de agua fría dulce pura y cristalina escondida entre los árboles que él bien se sabía y no pudo ni quiso resistir la tentación de sumergirse en ella y que para desquitarse del frior del baño y reponer fuerzas de la caminata aparejó sobre una mesa aledaña el magro viático de queso jamón pan y vino que llevaba y tras dar cuenta de él tendido a la sombra de un umbroso árbol cavilando estuvo largo rato si él mismo no sería especie a extinguir pues era amigo de imprevistos madrugones silencios apartados lugares solitarios y andanzas peregrinas y al pronto suavemente le invadió una como modorra y se dijo aquí me las den todas y le dieron las diez y las once las doce y la una y las dos y las tres y dio gracias sin saber a quién por su fortuna…

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