CON FRANCO SE VIVÍA MEJOR
Existe una evidente diferencia entre servir al Estado y servirse del Estado. Todos los funcionarios sirven al estado tras demostrar su capacidad. Los elegidos por votación popular y los que cubren puestos de libre designación (de confianza) no tienen que demostrar nada.
Y mucho más cierto es afirmar que con Franco se moría mucho más y mejor, más rápidamente con menos papeleos y de forma mucho más efectiva y definitiva, de manera que llegando a los cincuenta años de su feliz desaparición apenas hemos conseguido encontrar una escasa parte de los desaparecidos por su mano o su mandato. A todos estos desaparecidos, es decir, fusilados, hay que añadir los innumerables fugados o exiliados, que huyeron de una muerte segura, o sea, los “transterrados”.
Los que se quedaron, y consiguieron sobrevivir, solo tuvieron una calidad de vida compatible con la miseria que significó la autarquía y la consiguiente hambruna de los años cuarenta, en los que faltaba el carbón y el pan, el azúcar se compraba a terrones y los huevos de uno en uno, en ventanas de tapadillo al margen de la escasez generalizada y pese a la generosidad de las cartillas de racionamiento, matriz y germen de las colas de la desesperación.
Tampoco encontraron trabajo ni estabilidad laboral, el acceso a centros oficiales y a oposiciones o concursos, quedó cercenado por la exigencia de antecedentes y la necesidad de firmar los principios fundamentales del movimiento. Las depuraciones no tardaron en marginar a una parte importante de la población condenada a vivir en un limbo sin oportunidades.
La depuración del tejido docente que eliminó tanto a la ILE (Institución libre de Enseñanza) fundada por el malagueño Giner de los Ríos, como a la JAE (Junta de Ampliación de Estudios) auténtica gloria conseguida por Santiago Ramón y Cajal, mermó de profesores a la Universidad y dejó sin maestros a la enseñanza primaria en manos de la Historia Sagrada y de su adoctrinamiento católico. Los libros había que buscarlos en las trastiendas de las librerías. El ascensor social quedó atascado pasando a valorarse la recomendación y el nepotismo.
Las calles se llenaron de uniformes militares, de sotanas y de cíngulos, como símbolos supremos de la prestancia social, la exhibición en desfiles y el amigamiento a la salida de las misas cobraron puntos que valían tanto para favores generales, como para recomendaciones ministeriales o laborales.
Pero la vida seguía en los campos de concentración (hasta 300), en las cárceles (contados por miles de presos) y en los centros de detención, como el famoso Patronato de Protección de la Mujer (por donde pasaron hasta 40.000 mujeres), en los que se organizó un mercado negro de bebés bajo la tutela “científica” de Vallejo Nájera, el psiquiatra amigo del dictador.
Nunca se necesitó un censo de votantes para nada, porque nunca a nadie se le ocurrió jamás votar a Franco, ni él lo permitió, ni a él, ni a sus sucesores impuestos por él, como tampoco se votaron a los cuerpos de élite militar, judicial ni religioso, que dominan y controlan el estado, ni a ninguno de los aparatos que conforman su entramado legal.
Con Franco no se vivía mejor, sencillamente no se vivía, porque el país no existía. El país estaba sojuzgado, anulado en sus gentes, porque también, y sobre todo, acabó con su idiosincracia, con su diversidad y su espontaneidad, machacando hasta las más nimias raíces de su demostrada capacidad de vida, no permitiendo ni el menor asomo de discrepancia e ignorando y castigando todo aquello que pudiera oler a libertad o individualismo.
Todavía su sombra alargada trata de amparar a los retrógrados movimientos que insisten en ponderar su fascismo arcaico y degenerado, que insisten en impedir el avance y la modernización del país, y que, si por ellos fuera, manipularían mediante el sistema de eliminación, los censos de votantes que les impiden alcanzar el poder.
Jesús Lobillo Ríos (Benalmádena)
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