El año 2023 está a punto de expirar con la noticia de que el Ventorrillo de La Perra ha sido cedido al Ayuntamiento -eso sí, sin que éste ha hecho públicos los pormenores de esta transacción (si se trata de una cesión gratuita o sujeta a alguna reserva, limitación o permuta de suelo) ni haya revelado qué proyecto idea para ponerlo en valor-. Se trata de un edificio construido a finales del siglo XVIII, que se viene fechando entorno al año 1782, en posible relación al momento fundacional del núcleo poblacional de Arroyo de la Miel, cuando se construyó un complejo industrial para la fabricación de papel.
Para ponernos en contexto, cabe recordar que hace tres siglos, la familia malagueña de los Gálvez, siendo José Gálvez ministro de Indias de Carlos III, en un intento de revitalizar su pueblo, consiguió que la Real Fábrica de Naipes de Macharaviaya obtuviera la exclusiva del suministro de naipes para las colonias americanas. Para su producción eligió al prestigioso empresario genovés Félix Solesio, -considerado el fundador de Arroyo de la Miel- quien encontró en nuestro municipio el lugar ideal para construir una importante fábrica de papel, gracias a la abundante agua proveniente del manantial natural de la Tajea, conocido popularmente como el Cao, que nada le tenía que envidiar a las genovesas de donde provenía el empresario.
Al calor de la puesta en marcha de esta industria papelera, Arroyo de la Miel se desarrolló con gran rapidez, y de la mano vino la construcción de una de las más famosas ventas de la zona que ha estado en uso hasta 2015. Se trata del desde ayer de titularidad municipal, Ventorrillo de la Perra, situado en el antiguo camino entre Torremolinos y Mijas, que se convirtió en lugar de paso, de comercio, disfrute y descanso. En él, coincidieron personajes de lo más variopintos, desde viajeros y peregrinos hasta contrabandistas y bandoleros, además de figuras del toreo o la copla, convirtiéndose incluso, en lugar de recreo para las familias de la burguesía malagueña, como los Loring o los Hueling. Ya se pueden imaginar la de historias y anécdotas vividas entre sus cuatros paredes (¡ay, si éstas hablasen!), de las que, por desgracia, muy pocas han llegado hasta nuestros días.
Hace tres años, la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo ya pedía protección legal de carácter patrimonial para el inmueble, que se sitúa en suelo industrial/comercial según se contempla en el PGOU de Benalmádena. Si bien es cierto que resulta difícil catalogar su valor arquitectónico -al ser hasta ahora una propiedad privada y no existir un estudio técnico exhaustivo- lo que es innegable es el valor del patrimonio etnológico y antropológico que atesora. Lo que podría impulsar, por ejemplo, su catalogación como ‘Bien Arquitectónico, Edificio Singular’ (ahí lo dejo, para quien corresponda). Fue restaurado en 1972 y su arquitectura y decoración mantiene el ambiente original (de tiempos de Carlos III). En su carta se han mantenido hasta su cierre definitivo, platos tradicionales de la cocina española basados en carnes de caza, pescados, asados castellanos o el tradicional gazpachuelo malagueño. Incluso, según consta en algunos escritos, podría conservar una vajilla hecha exprofeso para la visita de Isabel II en 1862, que debió estar expuesta en algún período de su explotación hotelera.
La que fuera una de las ventas más famosas de Andalucía, según las crónicas de la época, ha pasado durante su historia por varios dueños. A principios de los años 70, Sebastián Souvirón, también conocido en el ámbito periodístico con el alias de «El Jabegote», toma las riendas de este negocio y será precisamente él, quien, en 1972 deje constancia escrita de ‘La fantástica historia del famoso Ventorrillo de La Perra’ (que engancha desde principio a fin tanto por curiosa cómo por divertida). Gracias a Souvirón hoy conocemos a quien fue el primer ventero: El Tío Cachorreñas (Sisebuto Palmero, familia del primer alcalde de Benalmádena después de la Reconquista, Alonso Palmero, de quien heredó, tras varias generaciones, varias tierras).

Parece ser que Sisebuto era un ávido negociante que además de buscarse las vueltas para no pagar impuestos y trapichear con las afamadas barajas de cartas que fabricaba el genovés, montó en torno a la venta todo un mercado en el que, según deja constancia escrita su posterior propietario, “se vendía miel de colmena, arreos para las caballerías, esparto para el manjar, sogas y sacos, queso de cabra de fabricación propia, quinqués de aceite, ristras de ajo, embutidos de la serranía de Ronda, mariposas para las ánimas del Purgatorio, velones de Lucena, alcaparras de vinagre, ungüentos para los sarpullidos, estampas de San Onofre, afrodisíacos para excitar a la Pepa cuando estaba frígida, fármacos contra la esterilidad, candiles con torcías, bolas de sal para el ganado, cinturones de castidad para los machos cabríos y pomadas contra los ardores y las almorranas”. Menudo negocio tenía montado El Tío Cachorreñas…
Sobre la ventera nos cuenta Souvirón que se llamaba Inés La Malagueña, conocida como la Rosa de Andalucía y cuyo retrato, -pintado por Teresa Freüller y Bayo, marquesa de la Paniega-, ha estado muchos años presidiendo la venta. Y por supuesto, tampoco se olvida de revelarnos la historia de la perra que da nombre a la venta: una galga de nombre ‘Picarona’ que trajo a Benalmádena un jerezano y no se sabe bien, si cayó en manos de El Tío Cachorreñas regalada o tuvo que pagar por ella. Eso sí, parece ser que no había liebre que se le escapara a ‘Picarona’ cuando la dejaban suelta.
Ahora el Ventorrillo de La Perra, con tantos siglos de solera social y gastronómica, inicia una nueva etapa en su apasionante historia ¿qué uso decidirá darle el Ayuntamiento?


