viernes, junio 21, 2024
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Miguel Morayta: un manchego en el cine mexicano

Afirmaba el historiador mexicano Jorge Chaumel que «no se podría entender el cine mexicano sin Buñuel, Alcoriza o Velo››. Los tres directores españoles llegaron a México, como tantos otros españoles exiliados, huyendo de la barbarie de nuestra Guerra Civil. Buñuel llegó a México en 1946, tras haber huido de España y de Estados Unidos, donde fue acusado de comunista en pleno macartismo. En México desarrolló una de las etapas más reconocidas de su carrera como director; Luis Alcoriza, colaborador con Buñuel en muchas de sus películas, fue también actor de teatro y cine; posteriormente pasó a guionista cinematográfico. Colaborador también de Buñuel fue Carlos Velo, como documentalista y guionista. Llegó a ser director del Noticiero Mexicano EMA. En 1944 ganó, como coguionista, un Premio Ariel por Entre hermanos, película donde intervienen dos exiliadas españolas, la valenciana Anita Blanch y una niña malagueña que se convertiría en una estrella nacional: Alicia Rodríguez. Fueron miles los profesionales y artistas españoles, quienes a bordo de buques de nombres tan exóticos como «Sinaia››, «Ipanema›› o «Mexique›› arribaron a México, principal país de acogida, presidido en aquellos años por el socialista Lázaro Cárdenas.

Nuestro biografiado, Miguel Morayta Martínez, llegó finalmente en 1941 al puerto mexicano de Veracruz en un barco portugués, como afirma su biógrafo Domingo Ruiz, aunque sobre esta cuestión existen discrepancias. Según unas fuentes, Morayta estaba de vacaciones en Tánger cuando estalló la rebelión militar, por lo que decidió emigrar a América. Otras, por el contrario, afirman (basándose en entrevistas realizadas por Ruiz en México) que estuvo luchando con el ejército republicano hasta octubre de 1939, fecha en la que salió acompañando a los exiliados que huían a Francia, y que él mismo fue a parar a un campo de concentración donde tuvo la suerte de encontrarse con un fotógrafo alemán, viejo amigo, y aficionado al cine como él, que lo salvó de ser fusilado. Este amigo era entonces comandante de la Gestapo. Morayta, de profesión militar, ejerció también como jefe de publicidad de la distribuidora «Renacimiento Films››.

Miguel Morayta Martínez, hijo y nieto de una ilustre saga de políticos republicanos y masones, nació en 1907 en el pueblo manchego de Villahermosa (Ciudad Real). Por parte de madre era sobrino segundo del general Franco. Su familia paterna, su padre Francisco Morayta, era médico, diputado y presidente de la Diputación de Ciudad Real; su abuelo Miguel Morayta Sagrario, también diputado por Valencia y Madrid, catedrático, masón y anticlerical (fue excomulgado por 43 obispos). Nuestro biografiado cursó estudios en Toledo y en la academia militar de Segovia, donde se preparó en ingeniería y artillería. Durante la dictadura de Primo de Rivera, en Ciudad Real, participó en 1929 en el levantamiento contra la dictadura. Cuando estalla la Guerra Civil era agregado militar en Tánger. Sirvió a la República ocupando puestos relevantes durante toda la contienda. También colaboró en el Frente de Cataluña y tras la derrota del bando republicano se vio obligado a refugiarse en Francia, como ya adelantamos, donde estuvo a punto de morir a manos de los nazis en un campo de concentración.

En México desarrolló una importantísima carrera en la industria cinematográfica, interviniendo en cerca de un centenar de películas como director o guionista. Debutó en 1943 con la película Caminito alegre en la que intervinieron los exiliados Ángel Garasa e Isabelita Blanch. Entre sus películas más conocidas destacan: El mártir del calvario, Joselito vagabundo, Detectives o ladrones, Cara de ángel, Amor perdido, ¡Ay pena, penita, pena!, ¡Ay, Jalisco, ¡no te rajes! Su último largometraje fue El Sonámbulo y su última participación cinematográfica fue a la edad de 70 años con Los Amantes Fríos en 1977. Participó en diferentes coproducciones, con artistas españoles como Lola Flores (Pena. Penita, pena, 1953), Carmen Sevilla (La guerrillera de Pancho Villa, 1969), Pili y Mili (Princesa o vagabunda, 1969) o su paisana Sara Montiel. (Ella, Lucifer y yo, 1953).

En la década de los ochenta Morayta jugó un papel relevante en el cine mexicano con su participación en los Estudios Churubusco, y en el Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica y de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM). En 1988, la Sociedad Mexicana de Directores-Realizadores de Obras Audiovisuales, le otorgó la Medalla de Oro al Mérito como Director por sus 50 años de carrera.

El cineasta manchego, al que le gustaba hacer películas divertidas, es considerado como uno de los máximos exponentes de la Época de Oro del cine mexicano. Murió en México a la edad de 105 años, lejos de su tierra, pero siempre recordándola. Un detalle: a su perro le llamaba «Mancha››.

Fueron muchos, y muy importante su participación en la industria del dine de aquel país, especialmente en la conocida como «Época de Oro›› (1936-1956), exiliados como los músicos Antonio Díaz Conde, colaborador en varias películas de Emilio («Indio››) Fernández (Maclovia, La perla, Pueblerina) o Roberto Gavaldón (Las tres perfectas casadas), Rodolfo Halffter (Los olvidados, La guerra de los pasteles) o Gustavo Pittaluga (Subida al cielo, Los olvidados); escenógrafos como Manuel Fontanals o Vicente Petit; guionistas como Manuel Altolaguirre, Max Aub, Álvaro Custodio, Paulino Masip o Jaime Salvador en varias películas de «Cantinflas››, quien dijo en alguna ocasión que «en 1944, los refugiados conformaban equipos profesionales de cine que colaboraban en multitud de películas››, si bien, por otra parte, estos profesionales españoles no lo tuvieron nada fácil al tener que enfrentarse a la política proteccionista de los sindicatos y el control oficialista las estructuras administrativas del país, pues el gobierno de acogida ofreció su asilo a condición de que no hicieran política activa.

Los exiliados que llegaron tuvieron la fortuna de hacerlo en un momento en que la industria del cine mexicano vivía lo que ya comentamos como una edad de oro, favorecida, entre otros factores, por la Segunda Guerra Mundial que, al entrar EU, líder indiscutible de la producción cinematográfica mundial, tuvo que reducir el gasto al tener que invertir su principal presupuesto en materia armamentística. México, al mantenerse neutral pudo invertir en su propia industria y su posterior exportación.

Desde aquí nuestro reconocimiento a tantas actrices y actores que tuvieron que dejar su país y a sus familias, en muchos casos, como Isabel Blanch, Manuel Noriega, Amparo Morillo, Ángel Garasa, Germán Robles («el Drácula mexicano››), Conchita y María Gentil Arcos, Prudencia Grifell, Consuelo Guerrero, Emilia Guiú, María Conesa, Manola Saavedra, Alicia Rodríguez o Pituca de Foronda


Recomendado:

Jorge Chaumel (1015): «El exilio cinematográfico republicano en México››, Laberintos: revista de estudios sobre los exilios culturales españoles, Nº. 17, pp. 125-149.


  • Rosa Mª Ballesteros es Historiadora y Vice-Presidenta del Ateneo Libre de Benalmádena

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