Algo similar a lo ocurrido en su momento con los mitos y leyendas existentes en todas las culturas (Ulises, Hércules, Rolando…), hay personajes de la literatura policiaca que por méritos propios han entrado de lleno en la memoria colectiva universal, pasando del papel, de la ficción, a ser tenidos como entes reales, de carne y hueso. Seguramente, cada uno de nosotros, de los aficionados al género, tendrá unos detectives preferidos. Yo me he permitido reflejar en estas páginas, aquellos que, desde mi juventud, y años posteriores, me dejaron huella con la lectura apasionante de sus aventuras. Pero siempre me he preguntado qué ha llevado a un autor a poner a su personaje un nombre y no otro. ¿Ayudó ese nombre singular con que lo bautizó, a que fuera famoso?
Sherlock Holmes
Sin lugar a dudas, el detective más famoso de la literatura. Algunos aprendimos a pronunciar su nombre antes de tener un mínimo conocimiento de la lengua inglesa. Aunque Conan Doyle, el padre literario del personaje, pensó en un primer momento bautizarlo como Sherrinford Holmes, afortunadamente se decidió por Sherlock, mucho más sonoro y fácil de recordar. Tanto que nombre y apellido han quedado impresos en esa memoria colectiva que decíamos, de cualquier ciudadano de cualquier parte del mundo. Hace algún tiempo se realizó una encuesta, y en un altísimo porcentaje los entrevistados aseguraban que Sherlock Holmes realmente existió, que había sido de carne y hueso. Hagamos una simple prueba. En una conversación con un grupo de amigos, pronunciamos el nombre de Sherlock, pero titubeamos porque se «nos olvida» su apellido. Lo más probable es que todos digan al unísono «¡Holmes!».
Y es que el caso del archifamoso detective inglés, obra del escocés Conan Doyle, no tiene parangón desde su nacimiento. En poco tiempo la fama del excéntrico detective sepultó el resto de obras del ya conocido escritor. Sin embargo, a los siete años de su creación, Doyle se cansa de su criatura y decide terminar con la detectivesca saga. En una palabra, desea matar a Sherlock. La madre de Conan Doyle, a la que había confiado tal decisión, trata de disuadirle de su grave error: «¡No lo hagas, hijo, no lo mates! Vas a decepcionar a mucha gente», le insistió. No le hizo caso y publicó El problema final, una historia que transcurre en Suiza y donde el héroe muere a manos del malvado profesor Moriarty.
La muerte del detective pudo llevarse por delante la revista, The Strand, que publicaba sus historias. ¡Perdió a 20.000 enfurecidos suscriptores en pocas semanas! Las presiones de los lectores, cuyas cartas llegaban por miles al 221 de Baker Street (domicilio del detective), iban desde las súplicas más lastimeras a los insultos y las amenazas más terribles. Es más, consideraron un luto nacional la muerte de Sherlock y muchos ciudadanos llevaron crespones negros en la manga en señal de duelo.
Todo ello movió al autor a reconsiderar su decisión, y tres años más tarde continuaría escribiendo las aventuras del mítico personaje…, ¡naturalmente, fechándolas con anterioridad a su temprana muerte!
El caso es que, si analizamos al personaje Sherlock, aparte de su innegable capacidad intelectual, extensos conocimientos y dotes analíticas, es un hombre que no debería despertar las simpatías del lector: es exageradamente alto y delgado, antipático, egocéntrico, misógino, presuntuoso, cocainómano…, es solo una muestra de su larga lista de «defectillos».
Pese a ello, su figura, modales y frases, como aquella de «elemental, querido Whatson», se hicieron famosas, al igual que otras, de célebres personajes de la literatura universal.

Hércules Poirot
Con la ancestral rivalidad existente entre británicos y franceses, que una autora inglesa decida nominar a su personaje principal con nombre y apellido francés, resulta llamativo. Pero, efectivamente, es lo que hizo Agatha Christie, madre del mítico personajillo. Si bien, hay que decir que Christie, en este aspecto, no fue demasiado original y se «inspiró» en dos personajes literarios anteriores al suyo: Hércules Popeau, de Marie Lowndes, y de Monsieur Poiret, de Frank Howel. Ni que decir tiene que el Hércules Poirot de Agatha Christie barrió como un huracán, desde el primer momento, los nombres de sus predecesores hasta el punto de convertir a su autora en la novelista más vendida de todos los tiempos, con millones de ejemplares a sus espaldas.
Quizás, con objeto de contrarrestar esa «imperdonable indulgencia patria» del origen de Poirot, la descripción física que hace del detective belga es ciertamente cómica: poco más de cinco pies de estatura (metro y medio), metido en carnes, con una buena cabeza en forma de huevo, remilgado, atildado en exceso, tanto que una mota de polvo le podía provocar un serio disgusto, tartamudea cuando está nervioso… Pero, quizás, su característica más personal fuera el enorme bigote al que dedica largo tiempo de su diario quehacer matutino. En conjunto, su imagen física nos da la impresión de ser estrafalaria y ridícula.
Sin embargo, nada más lejos de la realidad. En contraposición a los rígidos métodos de la «torpe» Scotland Yard, Poirot desdeña las pistas que se le presenten muy evidentes, como las huellas dactilares y otros indicios físicos, y centra más su investigación en la psicología y la naturaleza del criminal o de la víctima. En la literatura policiaca, resulta un paso importante hacia lo que tiempo después vendría a llamarse como «género negro».
Poirot presume de su bigote como el mejor y más grande de Inglaterra, así como de la importancia de las «pequeñas células grises de su cerebro» para resolver los casos más difíciles. Ya vemos, el detective, además, un tanto presuntuosos.
Agatha Chistie escribió 33 novelas y más de 50 relatos con Hércules Poirot como protagonista, algunas de estas obras, realmente magistrales, como El asesinato de Roger Ackcroyd, a mi juicio, la mejor de todas.
Resulta un tanto curioso comprobar cómo autora y personaje, en la vida y en la muerte, la real y la literaria, parecieran ir de la mano. Christie escribe la primera aventura de Poirot, El misterioso caso de Styles, en 1920, cuando ella acababa de cumplir 30 años. Falleció de muerte natural, a los 85 años, en enero de 1976. Un mes antes salió publicada la última aventura de Hércules Poirot, Telón, el último caso de Poirot, en el que Christie da muerte al célebre detective. La muerte del personaje parece un prólogo del de la autora.


Philip Marlowe
Raymond Chandler posiblemente escogiera el apellido de su detective sugerido por otro personaje literario, también famoso, Charles Marlow, el marino narrador de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. El pesimismo vital que se respira en la atmósfera de la narrativa de los escritores americanos de novela negra es coincidente con el denso monólogo descriptivo de Marlow, el marino, en su navegación desde el Támesis al Congo, en especial en este último río.
A mi juicio, Philip Marlowe es el detective moderno por antonomasia. En la obra El sueño eterno se define a sí mismo como «…un tipo solitario. He estado en la cárcel más de una vez, y no me ocupo de divorcios. Me gustan las mujeres, la bebida y el ajedrez… Si alguna vez llegan a dejarme tieso en alguna callejuela oscura, nadie, ni hombre ni mujer, sentirá que ha desaparecido el motivo y fundamento de su vida».
En apariencia es un cínico que dice actuar en exclusiva defensa de su propio pecunio, pese a que su minuta no es excesiva («veinticinco dólares diarios, más gastos de gasolina», suele pedir a sus clientes), y, sin embargo, acaba siempre defendiendo intereses ajenos y renunciando a la remuneración que razonablemente le correspondería, cual quijote, moderno caballero de la triste figura.
Chandler es uno de los primeros representantes, junto con Hammett, de la novela policíaca social. Sus historias no tienen como único fin divertir, sino que en el fondo hay una intensa crítica social. Él mismo dice que en sus novelas «habla de un mundo en el que unos bandidos pueden gobernar naciones y casi gobiernan ciudades; en el que los hoteles, los edificios de apartamentos, los restaurantes famosos están en manos de hombres que han hecho su fortuna en los prostíbulos. Un mundo donde un juez, cuya bodega está repleta de licores puede condenar a un hombre por tener una botella en el bolsillo». (¿Nos suena esta «música»?).
Se hace difícil hablar del detective Philip Marlowe sin mencionar a Humphrey Bogart, el actor que le dio vida en algunas de sus aventuras. Los diálogos con Lauren Bacall, su partenaire, en varias de las cintas, son memorables y están en las antologías del mejor cine negro.

José Manuel Portero ha sido profesional de la enseñanza. Como escritor tiene publicada una serie de tres novelas de género negro ambientadas en la Costa del Sol: El ángel negro, El dulce vuelo de las mariposas y El jardín de las cabezas cortadas, todas con el inspector Lino Ortega como protagonista. También tiene publicada una obra infantil, Pichú, y una colección de relatos, El baile de la tarántula. Su última obra, Nazis en la Costa del Sol, es un ensayo histórico que desvela cómo en esa zona del litoral español encontraron refugio y protección célebres figuras del régimen nazi.
