
El alcalde Juan Antonio Lara ha afirmado recientemente que el cambio de las tuberías de saneamiento en Benalmádena pueblo se ha convertido en una obra de gran complejidad. No seré yo quien reste importancia a una actuación que, sin duda, es necesaria. Pero sí conviene señalar que, cuando las obras públicas se planifican mal y se gestionan peor, los efectos colaterales no sólo se notan: se sufren.
Porque mientras el alcalde justifica los retrasos y el caos asegurando que estas obras le están provocando un “desgaste personal y político”, hay personas mayores que llevan meses sin poder salir de sus casas. Hay negocios que han visto cómo se hunde su facturación en pleno verano, y cómo la clientela desaparece en medio del polvo, el ruido y la inaccesibilidad. La restauración y el pequeño comercio local están pagando un precio que nadie parece dispuesto a compensar, porque las ayudas llegarán tarde y además serán insuficientes.
Y mientras tanto, desde el gobierno municipal, el relato oficial insiste en vender que “cuando terminen, las obras supondrán un salto de calidad”. ¿Y el resto del municipio? ¿Ya no existen vertidos de aguas fecales? ¿Ni tuberías de fibrocemento en otros barrios? ¿O es que solo esta actuación justifica el colapso al que se ha sometido a toda una zona?
La gestión de una obra pública no es solo adjudicarla. Es planificarla, supervisarla, dialogar con vecinos y comerciantes, prever alternativas, minimizar daños, y sobre todo, asumir responsabilidades cuando algo no sale bien. Lo que no se puede hacer es vestir de “valentía” lo que en realidad ha sido una torpeza política y una pésima gestión administrativa.
Que una obra necesaria se convierta en un infierno diario para vecinos y visitantes no es una muestra de coraje político, sino de incapacidad para gobernar bien. Y que se pretenda sacar pecho de ello, es directamente un insulto a la inteligencia colectiva.
En resumen: si las obras van tarde y mal, es porque no se han sabido gestionar. Punto. El resto son excusas. Y además, malas.
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