Sergio García Gutiérrez, especialista en psicología infantil
Una de las cosas más complicadas para poner límites a los hijos, es lograr “el punto de equilibrio” para no quedarse corto o extralimitarse, y sobre todo ahora en vacaciones, que es cuando estamos más tiempo juntos y nos ponemos todos “a prueba” en casa. Por eso mismo, ahora más que nunca sí que lo es…
Esto consiste en dejar claras las normas que cada uno de nosotros pone a la gente que nos rodea. De esa manera, generamos una línea divisoria imaginaria, que indica que quien la sobrepase en casa tendrá consecuencias y, por lo tanto, es conveniente no cruzarla. De alguna forma, indica a los demás lo que pueden hacer y lo que no.
En el caso de los hijos, no solo se genera un límite virtual, sino que también les pone sobre aviso de lo que la sociedad va a tolerar y lo que no, para así poder conseguir una correcta integración. El niño con límites se siente seguro y protegido (aunque no lo demuestre), porque sabe que alguien más experimentado se está preocupando por él y puede protegerle de posibles amenazas. Por otro lado, se consigue que sean más conscientes de que, por cada acto, hay unas consecuencias, lo que les ayuda a predecir el comportamiento, tanto de sus padres, como del resto de personas que les rodean. Esto les hace sentirse preparados, porque saben qué esperar en el futuro y así se evita mejor la sensación de incertidumbre.
Es cierto que suele costar bastante poner límites a los hijos. Motivos varios, uno de ellos es que sean padres primerizos, lo que implica adoptar un nuevo rol que nadie les ha enseñado y que está directamente relacionado con sentirse inseguros y llenos de miedo. Creen que su deber es dar lo mejor a sus hijos y, en el intento de no hacerles daño, pueden tener dificultades para decir que no o para dejarles tener autonomía. Otro motivo puede ser la educación que hayan recibido los padres cuando eran niños, de ahí que cuando hay dos progenitores con estilos educativos diferentes, puede surgir polémica con respecto al enfoque educativo. Además, en ocasiones, los padres sienten que no tienen fuerza para enfrentarse a sus hijos, sobre todo cuando son crueles con las palabras y se complica la comunicación con ellos.
Como decía al principio, una de las partes más complicadas para establecer los límites a los hijos es lograr el punto de equilibrio para no quedarse corto o extralimitarse. Para conseguirlo, conviene tener en cuenta que hay ciertas normas que en ningún caso son negociables, como pueden ser el respeto por los demás o la seguridad. Para el resto de los límites, es difícil, a veces, saber dónde está el punto justo y este dependerá en gran medida de la visión que tengan los padres y de sus valores. No obstante, algo que puede servir de guía es establecer, como mínimo, que lo que se imponga nunca sea degradante para el niño. También, puede ser de ayuda considerar que los padres siempre deben llegar a un consenso sobre lo que quieren transmitir a sus hijos. Por último, tener en cuenta que en el momento de poner los límites se debe estar calmado para no ser injustos a la hora de valorar la situación.
Conseguir que los hijos acepten los límites que sus padres les pautan, requiere de tiempo y paciencia, y en época de vacaciones aún más. Se trata de un aprendizaje para los niños, porque hay que ir interiorizándolo y no se logra de un día para otro. Con frecuencia, nos impacientamos y nos quedamos con la idea de que los hijos no hacen caso, porque no obedecen a la primera ni a la segunda. Pero, lo más importante es marcar bien el límite, que tenga una repercusión si no se respeta y que sea siempre coherente, claro, concreto, cumplido y consistente.
Por último, decir que hay que saber seleccionar y distinguir los límites adecuados de los que no lo son, y esto se logra si se tiene en cuenta que se ajusten a la realidad y permitan una adecuada adaptación al contexto que se vive. También, deben estar acoplados a la edad y al momento que vive el niño, además de ser realistas, bien trasmitidos y concretos. De otra manera, el pequeño no los entenderá y no será capaz de cumplirlos, por lo que se va a generar mucha frustración, además de no cumplir su función.
Así que, con unos límites adecuados, sobre todo en vacaciones, se consigue una convivencia sosegada y llevadera, además de lograr que los niños tengan más seguridad en sí mismos, una mejor autoestima y mayor tolerancia a la frustración. En definitiva, marcar límites crean niños más felices, ya que los niños necesitan contención y los padres tienen como responsabilidad dársela. De esta manera, los hijos van creando sus propios referentes y adquiriendo unas pautas de lo que es válido o no, lo cual les ayudará a ir creando su propia escala de valores.

