viernes, abril 17, 2026
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El éxodo de la familia Kovács

Aquellos días se habló mucho en mi pueblo sobre el relato de una familia húngara, de boca en boca circuló la historia del nefasto acontecimiento. Se trataba de un matrimonio joven, los dos con el bagaje de cinco chavales, el mayor no más de diez o doce años, el menor, apenas aprendiendo a dar los primeros pasos. Tras apearse del tren, el numeroso grupo pisaba suelo español, aunque mejor sería decir suelo español bajo administración alemana. La pretensión, el objetivo, la mecha que prendía la ilusión de esa familia para tan largo y arriesgado viaje, era llegar a Lisboa y, desde allí, no siendo los primeros en conseguirlo, alcanzar la costa norteamericana.  

Un buen día, por alguna razón el señor y la señora Kovács, originarios de Bük, pequeña ciudad cercana a la frontera con Austria y poseedora de unas muy apreciadas aguas termales, decidieron echar cerrojo al pasado, incluso al más cercano. Poniendo blanco sobre negro, debieron considerar que a pesar de ser el lugar donde habían nacido sus hijos, a pesar de ser el lugar donde la superación de sus propios sueños se hacía realidad, a pesar de unas circunstancias aparentemente favorables, optaban sin demora por buscar nuevos horizontes. ¿Que qué los motivó?, revisando los acontecimientos de la época, me atrevo a sacar algunas conclusiones. No hacía mucho tiempo, en 1938 la Alemania nazi se anexionaba Austria. La pregunta y preocupación sobre si Hungría sería el siguiente trofeo, corría de boca en boca. Sin capacidad de reacción la comunidad judía, también la gitana, viéndose reflejadas en el otro lado de la frontera, temían lo peor.

Incluso, si esto no llegara a ocurrir, la preocupación de ver gobernando a un partido de extrema derecha capitulado a las exigencias alemanas, no dejaba de ser motivo de preocupación. Contraponiendo al riesgo entre quedarse a la espera de la inevitable caza al judío y al gitano o, anticiparse rompiendo los lazos con su pasado, maleta al hombro optaron por la larga distancia, por la búsqueda de la seguridad en tierras lejanas. El miedo es libre, y ante la obviedad de lo ocurrido en latitudes cercanas, se inclinaron por lo segundo, por aquel o aquellos lugares no contaminados aún del mal que arreciaba a su entorno. Ese mismo año de la anexión de Austria, el gobierno de Hitler aprobaba un decreto obligando a los judíos alemanes a presentar sus pasaportes para ser sellados con una gran «J» roja. No mucho después, llegaría la imposición de identificarse con la estrella amarilla de seis puntas.

Para el matrimonio Kovács el tiempo corría en su contra. Si para ellos Hungría aún no era una ratonera, sería cuestión de tiempo verse envueltos en el juego del gato y el ratón. Así pues, documentación en regla, pasaportes, libro de familia…, eludiendo la referencia a su identidad judía, con la tristeza de quien voluntariamente busca el exilio, también con un corte de mangas al Gobierno y al partido fascista que lo sustentaba, optaron por buscar refugio en Francia, la Francia aún no despojada de su dignidad.

Mal que bien, arrastrando las penurias propias de una familia exiliada en un país extranjero, también con la comprensión solidaria de numerosos parisinos, más de un año llevaban residiendo en la capital de Francia. Corría el 10 de mayo de 1940 cuando, con la codicia del insaciable, los tanques alemanes cruzaban la frontera. Objetivo inmediato, París. Hacer realidad en obsceno sueño del Führer de violar y profanar las virtudes de la Ciudad de la Luz. Más de un año de anhelos nuevamente frustrados para la familia Kovács.

Ante la evidencia del mal augurio, con la misma lógica de cuando huyeron de su patria, el anhelo seguía siendo la evasión, poner nuevamente tierra de por medio, huir. Alguien les había informado que, aun sin estar nada garantizado, la única ruta de cierta seguridad era hacia el sur, hacia España, incluso siendo la España de Franco. Les hablaban de un tren fronterizo al que llamaban «Tren de la libertad», también del largo túnel de Somport con la luz de la esperanza a la salida. Una vez al otro lado no sería imposible llegar a Lisboa o a Gibraltar, más disponiendo como disponían de los reglamentarios salvoconductos. Incluso con el suelo francés ocupado por los nazis en su totalidad, fueron varias las ocasiones en que les habían sido de utilidad.

—Hanna, no te preocupes. En media hora estamos en España. —Eran palabras de ánimo, József estaba convencido de que lo peor, lo más peligroso había quedado a sus espaldas. Aun así, estaba algo cansado. Percibía disparada la tensión arterial.

—Siéntate y descansa un poco, cariño —ofreció la esposa.

El trajín de los últimos días, el ir de un lado para otro, el buscar acomodo constante para un grupo tan numeroso a la vez que delicado, resultaba agotador.

El matrimonio se felicitaba. Subidos al tren comprobaron que la vigilancia en la estación francesa no había sido para tanto. Ni en el mejor de los sueños hubieran imaginado un control tan benigno en las cercanías de la frontera con España. Los niños a través de los cristales disfrutaban con la belleza del paisaje pirenaico. Incluso llegaron a ver dos lobos que, a cierta distancia, estáticos sobre las cuatro patas y con la curiosidad propia del animal relajado, observaban el paso del tren.

—¿Son peligrosos? —preguntó el mayor de los niños.

—No, si no nos acercamos a ellos. Mejor verlos desde aquí —respondía el padre, también algo ensimismado con la naturaleza boscosa y la presencia de los pasivos animales.

Minutos después, más cercano el final del trayecto, el paisaje cambiaba de tono. No se apreciaba belleza tras los cristales, tampoco horizontes de lejanía; en el túnel de Somport, su oscuridad era el preludio de nuevas e imprevistas turbulencias. Nadie les había informado de la presencia de la Gestapo en la primera estación ferroviaria en suelo español.

—¡Documentación!

Aunque la orden fuera rutinaria, no por eso dejaba de ser una orden procedente de un miembro de la temible Gestapo, un soldado joven, alto, ralo de barba quizás por su juventud, ligeramente leporino su labio superior. Desde aquel primer día que abandonaron Bük, buen cuidado tuvo la familia de no pisar suelo alemán. De Hungría a Austria, después Suiza y ya con el camino despejado, Paris; aunque de eso hacía un tiempo. József sabía que Europa había cambiado, y mucho, también que Francia ya no era la misma y por eso huían también de allí. Pero que en España un miembro de la Gestapo les reclamara los papeles… Sumido en la incertidumbre se sintió como aquel estudiante examinado que, sabiéndose todas las respuestas, se sobresaltaba al comprobar que de pronto le habían cambiado las preguntas.

—¡Documentación! —reclamó nuevamente el agente de la Gestapo.

Dos adultos y…, uno, dos, tres, cuatro, cinco. Tres niñas y dos niños, todo parece estar en regla. Aun así, quien para la ocasión ejerce de aduanero, desea jugar con la paciencia de la familia húngara. Para combatir el aburrimiento, acaso como medida cautelar y de comprobación, aparentemente sin ocultar segundas intenciones, con los papeles en la mano pregunta:

—¿Quién es Zoltán?

El niño, el mayor, sorprendido se oculta tras el cuerpo de la madre. Aunque para él la pregunta ha sido algo inhabitual, no hay motivo para no responder.

—Dile que eres tú, cariño. No tengas miedo, el agente solo quiere conocernos.

—Zoltán, ya puedes entrar en España —autoriza tras regalar al niño una amable sonrisa.

—¿Janos? ¿Sándor? ¿Olivia? ¿Emma? Leyendo el nombre de los otros cuatro niños, repite el ritual del primero

—Supongo que usted es Hanna Kovács.

La mujer, sonríe, es consciente del juego aparentemente ingenuo, solo un entretenimiento para combatir el tedio en una estación con escasa actividad. Sin mediar más palabras, recibe los seis salvoconductos, el suyo y el de los cinco niños. En la otra mano, en la izquierda, el miembro de la Gestapo retiene la documentación de József. Tras unos segundos de silencio, pocos, pero que a la familia Kovács parecen una eternidad…

—Usted no puede. Se queda con nosotros.

El cielo se incendia, los mares se transforman en hielo, el suelo y la tierra son lava incandescente. Un centímetro, el último paso para escapar del infierno es a la vez un kilómetro, una milla, una quimera, un falso empeño. Un error.

Mas de dos mil kilómetros desde aquel día que salieron de Bük. Salvo alguna asumible burocracia, nunca, ningún problema. Solo un centímetro, solo uno o dos pasos hacia el exterior de la estación y…, y repentinamente el orden de las cosas cambiaba. La luz anterior era la tiniebla del presente.

—Señora, el Führer necesita soldados y su marido se queda. Usted y los niños pueden irse. Háganlo rápido, mejor aún, volando. ¡Vamos! ¡vamos!…

Las voces, los gritos rompen la pacífica armonía de la aduana, sin excesivos miramientos, otro compañero del soldado empuja a Hanna y los niños hacia la salida.  Tras agarrar József el brazo del soldado que con escasos miramientos empujaba al mayor de los hermanos, recibe un brusco zarandeo. Los niños gritan y lloran, la madre grita y se desespera, el padre grita y… Como si de una tragedia de Esquilo estuviéramos hablando, el drama además de servido en frio, lo es con abundantes dosis de crueldad.

No llego a alcanzar como serían las tragedias griegas, las primarias, aquellas que se representaban en el ágora de las ciudades. La del fatídico día de la familia Kovács nada tenía que envidiar ni a Esquilo ni a Eurípides.  

Tras la confirmación por parte del médico local del fallecimiento del señor József, por orden del capitán Wagner dos soldados fueron los encargados de —tras ser enfundado el cuerpo en una manta—, cargar el fiambre sobre mi vieja carreta arrastrada por mi burro. Uno era el del labio leporino, su compañero se llamaba Fritz. Tras un comentario jocoso de este, los dos rieron la gracia.

La conciencia de los aduaneros alemanes se hallaba impoluta, no era su responsabilidad, salvo algún pequeño agarrón o ajetreo, ni siquiera hubo violencia, ellos no eran responsables de la debilidad cardiaca sufrida por el judío húngaro.

—Estando tan débil del corazón, nadie le obligaba a meterse en aventuras por media Europa —oí decir al capitán Wagner en entendible castellano cuando la carreta iniciaba la andadura hacia el cementerio.

A mis dieciséis años era la primera vez que veía un muerto tan de cerca, la primera vez que asumía la responsabilidad de trasladar un cadáver, la primera vez que en contacto directo con la Gestapo, valoraba su crueldad. Si ante mi joven y aún en formación entendimiento, se me rebotaba escalofriante la presencia todavía caliente del cadáver del señor Kovács, más, mucho más repulsiva resultaba la banalidad de sus agresores, su indiferencia ante el sufrimiento ajeno, ante el dolor y la tragedia por ellos creada. Viendo tan de cerca la falta de empatía ante el sufrimiento de los niños, la falta de respeto a quien fuera víctima de su prepotencia, por primera vez y aun siendo solo un pequeño botón de muestra, acertaba a discernir la gran tragedia que asolaba Europa. 

Los restos de József Kovács fueron enterrados en un solitario rincón del camposanto local, sin lápida, sin cruz, sin ritos religiosos (no había constancia de que fuera católico), sin testigos, sin familiares. Nevaba. En la escuela me habían enseñado que los neandertales eran una especie humanoide ya extinguida. Desde ese día siempre lo he puesto en duda, en un oscuro rincón de nuestra genética debe seguir existiendo algún cordón umbilical. 

La señora Kovács y los niños fueron obligados a subir al primer tren. Minutos después partía con destino a Zaragoza. Quitarlos de en medio y con urgencia, evitaría incómodas situaciones.  

Nunca olvidaré el silencioso grito de desaliento, la impotencia del débil ante el desamparo. Las lágrimas de aquellos niños ese día fueron mis lágrimas. Desconozco que fue de ellos.  

Años más tarde, en referencia al hombre de Neanderthal, leyendo la novela El cero y el infinito de Arthur Koestler, periodista y también húngaro, mi atención se acrecentó ante el siguiente texto:

«Seguramente deben de haber reído mucho los monos cuando el hombre de Neanderthal apareció por primera vez sobre la tierra. Los monos, altamente civilizados en aquella época, se balanceaban graciosamente de rama en rama; el hombre de Neanderthal era tosco y andaba encorvado sobre el suelo. Los monos, saturados y pacíficos, vivían en medio de juegos sofísticos, o atrapaban pulgas en filosófica contemplación; el hombre de Neanderthal daba zancadas por el mundo con aire sombrío, blandiendo una estaca tremenda. Los monos lo miraban con burla desde la copa de los árboles y le tiraban nueces, pero a veces se horrorizaban, pues mientras ellos comían fruta y tiernas plantas con delicado refinamiento, el Neanderthal devoraba la carne cruda de los otros animales que mataba, sin excluir a sus semejantes. Echaba abajo los árboles que siempre habían estado en pie, movía las rocas de sus legendarios emplazamientos y violaba todas las leyes y tradiciones de la selva. Era tosco, cruel, sin dignidad animal, y desde el punto de vista de los super civilizados monos, representaba un salto atrás en la historia. Los últimos chimpancés sobrevivientes todavía reciben con desprecio la presencia de un ser humano».

2ª parte

Zoltán Kovács a bordo del avión transatlántico con la ruta Tel Aviv-Nueva York recordaba aquel viaje en tren. Cuanto tiempo hacía de aquello, cuanto bagaje acumulado, también cuantas pertenencias disipadas. Once años tenía. El recuerdo, la imagen de su padre se le apreciaba nítida. Aún conservaba aquella vieja fotografía, la realizada días antes de iniciar el éxodo desde su pueblo de nacimiento, desde Bük, al oeste de Hungría. Foto de familia, tierna a la vez que amarga; quizás por esto último la conservaba. Bien cuidada aunque en un color sepia indicativo de los años transcurridos, recuperada del pequeño álbum de Hanna Kovács, su difunta y sufrida madre. Sí, allí estaba la familia al pleno. A pesar de la tragedia recordaba perfectamente los rasgos del padre: alto, más bien delgado y cargado con ligereza de hombros, pelo moreno casi azabache, nariz con un suave rasgo aguileño, ojos también oscuros y de un observar profundo, con la característica principal de ser una mirada algo triste, algo taciturna. Zoltán siempre concluyó en la inevitabilidad de esa mirada; que difícil debió ser para él, también para la madre cargar con tan pesada mochila.

—¿Quién es Zoltán?

Revivía aquella pregunta del miembro de la Gestapo, también su reacción de temor deseando ocultarse tras el cuerpo de la madre.

—Dile que eres tú, cariño. No tengas miedo, el agente solo quiere conocernos.

—Zoltán, ya puedes entrar en España —autorizaba tras regalar al niño una amable sonrisa y, a continuación…

A continuación llegó la tragedia. La fotografía indicaba que siete era la unidad familiar: padre, madre y cinco niños, Zoltán el mayor, Sándor el menor, apenas aprendiendo a dar los primeros pasos. Desde la estación de Canfranc, en el pirineo español, seis cruzaron la frontera, al padre se lo prohibieron los alemanes. Allí, ante la fría mirada, ante la indiferencia glaciar del miembro de la Gestapo, allí, débil de músculo cardíaco, ante la negativa, vislumbrando la obligada separación familiar, de un infarto fallecía el cabeza de familia, el señor Kovács. Allí quedo enterrado, nadie de la familia lo pudo presenciar. A la señora Kovács y los cinco niños los subieron en un tren con destino a Zaragoza. Quitarlos de en medio y con urgencia, evitaba incómodas situaciones.

Sin entrar a relatar los quebraderos de cabeza, que no fueron ni pocos ni pequeños, decir que días después Hanna y sus cinco hijos llegaban a Lisboa. Tras una larga travesía, en barco arribaban en Nueva York. En esta ciudad los cinco hermanos Kovacs crecieron, se formaron y crearon sus propias familias, la madre que nunca deseó volver a contraer matrimonio, fallecía de anciana a los noventa y tres años.

Tanto de ella, como de los cinco hijos, existiría materia narrativa suficiente para escribir uno o varios libros. No siendo el caso y con ánimo de no alargar indebidamente el relato ajustándolo al formato exigido por las circunstancias, prestemos la atención y en exclusiva al mayor de los hermanos.

Zoltán Kovács y su esposa Ruth se conocieron en la Universidad de Columbia, ambos profesores de historia y humanidades no tuvieron descendencia. Sustentaban valores profundamente humanistas extraídos de una educación liberal. Conocedores de las tragedias sufridas por el pueblo judío en la Europa del siglo XX (Zoltán en propias carnes), lo tenían asumido como parte de su propio bagaje cultural. También de preguntas con respuestas de difícil asimilación.

¿Qué clase de debacle se produjo en los valores humanos para hacerse realidad el holocausto judío?

¿Cómo pudo la gente normal seguir con sus vidas mientras esto ocurría?

¿Cómo permitieron que a miles y miles de seres humanos se los confinara en guetos anulándoles todos sus derechos?

¿Cómo permitieron aplicar lo que se dio en llamar «La solución final a la cuestión judía?

¿Quién o quiénes miraron hacia otro lado mientras se proclamaba que solo aquellos de sangre alemana podían optar a ser ciudadanos del III Reich?

¿Quién o quiénes miraron hacia otro lado cuando los nazis llenaron los campos de concentración y los hornos crematorios, además de con judíos, con comunistas y sectores proclives a la izquierda, con homosexuales, con gitanos, con discapacitados físicos y mentales…?

Sí, para Zoltán y para Ruth las respuestas lo eran de difícil asimilación. Dentro de lo conocido, se sentían orgullosos con la resistencia organizada en el gueto de Varsovia; miles de combatientes judíos mal armados se enfrentaron durante cuatro semanas a las SS.

Si había que morir…

Entre los deseos del matrimonio Kovács siempre estuvo viajar a Israel, a las milenarias tierras prometidas de Moisés. Tal vez impartir clases en alguna universidad de Tel Aviv o Jerusalén y, si las circunstancias lo permitían, terminar el viaje de la vida en algún rincón de aquellas tierras.

Aun adorando la ciudad de Nueva York, nada los ataba allí, nada superior a la ilusión de residir en el anhelado y no cumplido paraíso de sus antepasados. Sabían que Israel, resultado de tratados internacionales tras la 2ª Guerra Mundial era un Estado joven y en expansión. Para ellos, ambos factores representaban una garantía de acogida. También sabían del histórico conflicto con los palestinos, ambos pleiteando por una misma tierra. No se les escapaba el sufrimiento generado. La consecuencia inmediata de esa expansión habían sido los más de dos millones de palestinos expulsados a golpe de metralla de sus tierras, exiliados y refugiados en Jordania, hermanado país de acogida. Aunque Zoltán y Ruth veían la injusticia, la zozobra de un pueblo maltratado, también se adherían a la potestad del pueblo judío a crear el Estado israelí, una adhesión no tanto —y de eso se distanciaban—, por razones histórico-religiosas de los sectores más ortodoxos, argumentando la progenitura de los patriarcas bíblicos Abraham, Isaac y Jacob. Bajo esa premisa, siempre habían defendido la necesidad de una solución pactada. La creación de dos Estados.

En la universidad, en la calle, en los círculos de amistades, entre los colegas de Tel Aviv, no siempre resultó fácil levantar la bandera de una tierra compartida. Había quienes proclamaban «Son ellos los que no nos quieren», también quienes argumentaban que «Como Pueblo Elegido, es nuestra obligación poseer y defender la bíblica Tierra Prometida». Para unos y otros, siendo coherentes con ambas premisas, quedaba justificado ética y moralmente la expulsión de los palestinos. Para los primeros «cuestión de supervivencia», para los segundos «cuestión de supervivencia y de fe».

Para Zoltán y Ruth, en sus clases de Historia y Humanidades no resultaba sencilla la referencia a la Declaración Universal de los Derechos Humanos; declaración que, sin hacer distinción de razas, color de la piel o creencia religiosa, interpela a quienes mancillan su valor. Aún más complejo y delicado resultaba el debate en las aulas sobre las declaraciones de la ONU referidas al conflicto Judío-Palestino.

—«En 1968 se establecía un comité especial de las Naciones Unidas para investigar las prácticas israelíes que afectaban a los derechos humanos del pueblo palestino».

—También, que «en 1981 el Consejo de Seguridad de la ONU adoptaba la Resolución 497 pidiendo a Israel que rescindiera la acción de anexar los Altos del Golán».

—O, «la Resolución 1397 reclamando el acuerdo de los dos Estados, aprobada en el año 2002».

Y así un largo etc.

En cantidad de ocasiones debatir con raciocinio significaba superar dificultades de dimensiones aún mayores que el propio Muro de las Lamentaciones.

Tras el Holocausto nazi, unos argumentaban la necesidad de un refugio (Estado de Israel) para el pueblo judío. Otros, con aún más convicción, razonaban que era la única garantía de que una tragedia de esa magnitud no volviera a ocurrir. Los de más allá, consideraban que Dios había intervenido en la historia para permitir que el pueblo judío regresara a su tierra estableciendo su soberanía, representando el fin de más de tres mil años de zozobra.

Siendo así, y con estos mimbres, difícil resultaba para los profesores Zoltán y Ruth establecer causas y efectos comparativos. Cuando así se lo proponían, los debates solían terminar incendiados. Siempre había algún alumno con influencia entre sus compañeros que recurría a la Torá y al precepto de la Mitzvá, en cuanto a las guerras ordenadas por Dios para proteger al pueblo judío y la Tierra de Israel.

Zoltán Kovács regresaba a Nueva York. Ni fácil ni satisfactorio resultaba el retorno. Atrás quedaba Ruth, su compañera, su amor inseparable; inseparable hasta que un cruel cáncer de páncreas puso fin a su vida. Ya poco le unía a Israel. Aquellos proyectos fraguados en común casi veinte años atrás, sino del todo, en gran medida terminaron siendo humo. Desde el principio intuyó la dificultad de expandir proyectos de tolerancia, «ciencia en contraposición a creencia», «humanismo en contraposición al teocentrismo…»

Regresaba a Nueva York con el sentimiento extraño, incluso árido de haber estado durante tanto tiempo sembrando trigo sobre un pastizal salino.

Cercano ya el aterrizaje del avión, tras las consabidas recomendaciones de la azafata sobre el abroche de cinturones, Zoltán Kovács retornaba al maletín de documentos la fotografía en color sepia, el folleto de los treinta artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y, doliendo la indolencia de muchos de sus compatriotas, arrinconaba también en el maletín aquellas viejas nuevas preguntas con respuestas de difícil asimilación:

—¿Qué clase de debacle se ha producido en los valores judíos para hacer realidad el holocausto palestino?

—¿Cómo puede la gente normal seguir con sus vidas mientras esto ocurre?

—¿Cómo hemos permitido que a millones de seres humanos se los haya confinado en guetos o expulsado de sus tierras, anulando todos sus derechos?

—¿Cómo…?

—¿Cómo…?

—¿Cómo…?

—¿…/­…? [1]

—Corría el año 2003[2]


[1] Nota del autor: ¿Cómo se puede alcanzar tan alto nivel de crueldad? «Peldaño a peldaño».

[2] Veinte años después llegó lo que llegó; para entonces Zoltán Kovács, nacido en Hungría, exiliado he hijo de exiliados, ya había fallecido.


Vladimir Merino es un escritor nacido en la extinta Unión soviética, descendiente de los llamados niños españoles de la guerra, afincado en Benalmádena. Suma diversos premios literarios y varias novelas publicadas como Todo comenzó con esa maldita guerraEl médico de los pobresMarinos de MatxitxakoLa Colombiana, Balas y violines y Breve historia de los libros prohibidos. Aficionado al séptimo arte, desde el año 2017 es miembro del Cineclub Más Madera.


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