Hay un recodo en Benalmádena donde el paseo marítimo deja de ser asfalto y se convierte en color. Es el cruce de la avenida Antonio Machado con Federico García Lorca, junto a la Playa de Santa Ana, donde el mar huele más cerca y el aire llega con intención. Allí, en el centro de una rotonda, tres mástiles se elevan hasta los 18 metros y aguardan, pacientes, a que sople el viento. Cuando lo hace, la ciudad entera parece girarse a mirar.
Los molinillos de colores —azules, naranjas, verdes, rojos— se ponen a girar en cascada, convirtiendo un cruce de tráfico en algo parecido a una fiesta. No hay conductor ni viandante que pase por allí sin echar un vistazo.
Detrás de esta obra hay un nombre que muy pocos asocian con rotondas y mucho con Hollywood: Ángel Cañizares. Escenógrafo de oficio y de vocación, Cañizares trabajó en los decorados de superproducciones cinematográficas de época como La caída del Imperio Romano. El mismo hombre que recreó el esplendor de Roma en celuloide fue quien diseñó esta glorieta a modo de homenaje al viento, convirtiendo lo efímero —una corriente de aire— en escultura permanente.
El nombre de la rotonda no es casual ni caprichoso. En ese mismo enclave hay un yacimiento arqueológico conocido como la villa romana Benalroma-Los Molinillos, un testimonio de la actividad agrícola de la zona, donde los antiguos pobladores molían aceite antes de reconvertir sus instalaciones en factoría de salazones de pescado en el siglo III d.C. La escultura de Cañizares recoge así una doble herencia: la del viento que siempre ha barrido nuestra costa y la de un pasado romano que duerme bajo el asfalto.
El proyecto nació dentro del esfuerzo de embellecimiento urbano que Benalmádena emprendió para transformar sus rotondas en puntos de identidad. La idea era clara: que cada glorieta contase algo, que el tráfico tuviese un porqué en cada parada del semáforo. La de Los Molinillos lo consiguió con creces. Con el tiempo se ha convertido en uno de los emblemas visuales de la localidad, reproducida en postales, fotografías de turistas y, últimamente, en miles de stories de Instagram.
Hoy, quien llega a Benalmádena por primera vez y dobla hacia el mar por la avenida Antonio Machado recibe, antes de ver la orilla, un aviso en colores. Los molinillos giran y parece que el propio mediterráneo tuviera su forma particular de saludar: no con olas, sino con paletas de pintor lanzadas al aire, eternas en su movimiento, enraizadas en siglos de historia. El escenógrafo que construyó mundos de cartón piedra para el cine dejó aquí en Benalmádena algo más duradero que cualquier decorado: una obra que solo existe de verdad cuando el viento la termina.
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